“Meter los cinco dedos en el vaso de leche para sacar un pobre pelito.”

Todos saben que la fiesta es en mi casa. Empiezan a llegar, todo de maravilla, siguen llegando y todos felices. Llega fulanita con la superchairacuarentona. La superchairacuarentona y yo ya hemos coincidido en varios lugares, nos han presentado, nos saludamos de besito, ya he ido a su casa. Ok, llegan. Les abro la puerta, “pasen, por aquí” etc. Fulanita me dice: ¡Ay, qué grande es tu casa! Pasan, sigue la fiesta, jijiji, jajaja. Lo que necesitan, pues me lo piden a mí: que si puedo pasar a tu baño, que donde ponemos el hielo, que tengan cuidado con el librero de R, que no pongan ahí los vasos, que si podemos conectar el ipod a tu componente y así.  Y entonces llega la hora que la superchaira anuncia su partida. Se despide, la acompaño a la salida, y al abrirle la puerta, que me dice con cara de fingida sorpresa: ¿ah, qué tú eres la de la casa?!!

Ay no mames

En las siguientes ocasiones en que la chaira y yo coincidimos, ya no me saluda.

Ay, por favor, no mames.

Como el pendejo que, ante la invitación de ir a tomar unos tragos con el chingonsísimo de A., se rehúsa exclamando: “¡ay no, yo no voy porque se ve que ese güey ha de ser bien fresa!”

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