Sin título

Se acerca la hora. Siempre con el tiempo encima, más bien a destiempo.

Tengo una idea.

Tengo muchas ideas.

No es cierto.

La verdad es que no se me ocurre nada.

O sí, pero cuál es el chiste.

¿Para qué?

¿Por qué es importante tener algo que decir, y decirlo?

Como si importara.

Eso por un lado, vieja historia, el mismo cuento de siempre.

Y por otro lado, me deprime mucho más que Mari me diga: “tú tranquila, tú disfruta”. Que le diga a él: “R. tiene unas imágenes impresionantes con la adaptación que le hizo a su cámara, y (no, de hecho no puedo reproducir lo demás que dijo)”

Sí, se me ocurrieron muchas ideas, ideas que han estado desde hace mucho tiempo pero no sé cómo concretarlas, no sé cómo reinterpretarlas. Y luego el paisaje, deprimente. Siempre he odiado el paisaje. Y luego el desánimo de cada día. Disparo y disparo. (Por cierto, eso me recuerda que ahora mismo debería estár en el laboratorio… no, no no). Acabo. El pseudodesierto a cinco minutos de la ciudad.

Y entonces él viene y me habla. Miedo.

No entiendo, de verdad, cómo alguien que este año está sacando fotos en el Sahara, fotos impresionantes que cuando las vi me dije “esto es digital, obviamente”, pues no, no señor, son fotos análogas, increíble pero cierto, fotos análogas; que ha estado en los confines de arriba y de abajo, que lleva tres días abrumándonos con sus ensayos, que está en su elemento paisajeril; no entiendo, como decía, que se acerque y me pregunte mi nombre, dónde vivo, si tengo hermanos, qué hago, dónde y qué estudio (no, le digo, en tiempo pasado ya), qué hago, qué me gusta, dónde trabajo, qué hacen mis papás, mi edad, mis amigos, a qué hora esto, a qué hora lo otro, bueno, el interrogatorio más exhaustivo al que me han sometido.

No lo entiendo, y me asusta. Es decir, sí lo entiendo, y me asusta.

Esta noche, en sueños, creo que me vino la imagen. Pero tengo miedo, como siempre.  El desánimo prevalece.

Es que me deprime este… no sé exactamente, son muchas cosas: que no tenga nada que decir, que sí pero para qué, que me engaño, que el mundo y la gente realmente no me interesan, y entonces ya todo se jode, ya todo es una mentira, esto y yo y tú, y todo todo. Porque fue un golpe en la cara su interés genuino por el mundo, por mí, por la gente, su curiosidad, su sencillez, su amabilidad. No sé hacia dónde va, digo, pero el punto es que se interesa y se acerca y pregunta y te ve a los ojos y… cosas que yo nunca hago, la verdad.

Y me siento mal.

Y es que, desde el primer minuto, los demás están: “maestro esto, maestro lotro” y lo acosan y se acercan y le hablan y le hablan ¿de qué le hablan? me devano los sesos, que me pasen tantito arrojo y tantito verbo. Está Santoyo, que le habla y se luce y quiere dejar claro que él también es ya un fotógrafo, que hablan el mismo idioma, que le quede claro. Y está la fulanita esa, que también quiere dejar claro que es fotógrafa y nos mira por debajo del hombro, y está… deja ya de criticar como siempre -tranquila, que si a ellos los critico a mí me critico el doble y el triple y el cuádruple-.

Pues sí, y ayer ahí los tienes, otra vez, hablándole, rondándolo, no sé cómo pueden tener lo que deba de tenerse para hacer eso sin descanso. Y él condescendiente, sí, ajá. Porque le hablan de ellos, por todos los dioses, le hablan y le hablan (es que nunca dejará de sorprenderme esa capacidad que tiene la gente para hablar y hablar y hablar) de ellos y por qué habría de interesarle, ¿por qué? ¿Y por qué no se dan cuenta? Y a los cinco minutos oigo que él dice por fin “pero te estoy quitando el tiempo, anda a sacar tus fotos”. Gulp. Pero llega el siguiente, y después el siguiente, y así. Por eso yo quitada de la pena, termino y me voy a contemplar el pseudo paisaje, y entonces él viene y me habla y me pregunta. HOrrible. Pero por mucho tiempo, que se acercó cuando el sol todavía estaba en pleno y fue oscureciendo y se hizo de noche y ahí seguía. Hasta que logré, horas después (la exagerada), hacerle la clásica y estratégica pregunta pendeja mamila sobre el arte contemporáneo y habló y hablo y habló y yo respiré un milímetro aliviada y me limité a lo único que sé (según): escuchar y mover la cabeza pendejamente “sí” “no” con la infaltable sonrisa lela de “te estoy siguiendo perfectamente”.

Ya con el sol muriendo que empiezana regresar los demás y entonces mi alivio creció dos milímetros, se arrremlinan alrededor y pienso “por fin” ya no estoy sola, pero él sigue y sigue con todo un discurso (osh, por qué no se me ocurrió oootra pregunta, maldición) dirigido sólo a  mí porque no ve a nadie más y me dice “¿ves” ¿ajá?” y “por que si tú” y me señala y se mueve y está pero bien inspirado y mis complejos y angustias vuelven a multiplicarse porque entonces los otros no saben qué hacer porque están en circulito a su alrededor pero no los pela ni los ve ni los nota, pero yo sí los noto y veo que ya no lo ven a él, sino que voltean a verme a mí, quince monitos volteándome a ver a momentitos y entonces pienso “no, yo nunca me intereso por nadie así, y aunque lo haga, no lo hago, y entonces no tengo nada qué decir, y si tengo algo que decir, no me interesa decirlo, y entonces qué hago aquí, mejor pido disculpas  y me largo.

Definitivamente confirmo que no sé lo que quiero. Ni siquiera sirvo para fingir.

Y me dijo “quiero ver tus fotos”. Seguro hoy ya no fui al laboratorio. No he cometido errores en el revelado ni en la impresión. Pero seguro, cuando vaya al laboratorio, arruinaré o el negativo o las impresiones o algo. Seguro.

Y no quiero que vea mis fotos ni el ensayo mamila que hice Kant-Marías-Bolaño-percepción-epistemología-escuchar-mal-desierto. Hazme el maldito favor. Supongo que para la ffyl está para aplausos de foca, pero para el mundo rial esos ensayos son de pena ajena.

Me dan una envidia espantosa los otros monitos que desde el primer minuto van y le ponen sus portafolios en la jeta (o sea, con qué cara vas y le enseñas tu “obra ” a alguien así, a mí más bien me hierve la cara de vergüenza) y él “no, yo no vine a ver portafolios” y los otros “no, nada más ésta” y le enjaretan la carpeta.

En fin, crónica de otro intento truncado.

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