Sobre el camino y las sendas y los atajos

Transversales 2010, una de las tres cosas buenas que pasan en el pueblo.

El teatro cada vez me gusta más, hasta ahí llega mi talento reseñador (cómo me gustaría usar frases tipo “instrumento expresivo sin residuos”, “construcciones ascéticas”, “etiología de la estética literaria”, “estética carente de belleza” (¡wtf!), “narrativa desestabilizadora”, “sinestesia del espacio semántico” y anexas, citando por supuesto lo mismo a Wittgenstein que a Blanchot que a Berman que a Cercas que a Winslow y demás).

Pinches reseñas literarias y trabajos académicos (que me tengo que recetar a fuerza, maldición), son las lecturas más deprimentes del mundo mundial, es como el perro dando vueltas sobre sí mismo tratando de alcanzarse su rabo, pero el chiste es a ver quién da las vueltas con mayor rimbombancia y mamonería. Y eso cuando son mamonas, que no cuando sueltan una ingenuidad y pendejez cuya premisa incuestionable es “porque leer es bien bonito y nos hace mejores seres humanos y qué desgracia que nadie lee (los libros  que a mí me parecen buenos), y blablablá y yo soy un chingón leyendo y mi opinión en cuestiones literarias tiene importancia y la crítica literaria claro que es un género literario, y si me preguntas, mejor que la escritura de ficción”.

Próximamente, mi sección de reseñas academicistas literarias y teatrales.

La consagración de la primavera: todos actuamos, siguiendo órdenes a través de unos audífonos. Resultado: una coreografía hermosa, en silencio, un rito, un asesinato, una ofrenda a los dioses. “Corres hacia el bosque. Levanta los brazos. Tienes una hacha en las manos. Das un golpe. Retrocedes tres pasos. Volteas. Corres. Regresas a la pradera”.

Mi vida antes de mí. Lección de historia en viva voz, con videos, fotos, ropas, recuerdos, gritos, lágrimas. ¿Son casos verídicos, les pasó a los actores? me preguntó la amiga con la que fui. No, y sí.

Películas. Diario de una poseída. “La literatura no hace más que envenenar el alma”, dice el psicoanalista cocainómano. Hasta el fin del mundo. Inception, puaf. Chloe, de Atom Egoyan, gran película, con mi novia Julianne Moore. Llegamos a la sala cuando ya había empezado, gracias a la eficiencia de los monitos del cine que se tardan años en hacer el café y el chai. Empieza con un monólogo, alcancé a escuchar, antes de sentarme, una parte que dice “sé la importancia (o el poder de las palabras)…blablabla”. Engaño, pasión, traición, blablabla. ¿No sucedió, sí sucedió, qué sucedió, importa? El profeta.

Recuento de películas que he visto en tres meses: imposible, ya me dio flojera.

Fui dos veces casi tres a lo de Pierre Soulages. Silencio.

La sorpresa: la película mexicana Daniel y Ana. No sé si estaba en mis días sensibles o qué, pero dos mese después sigo afirmando que vi las escenas más crudas del mundo mundial, sobre todo porque me parece que dichas escenas son la representación de la atmósfera opresiva y trágica de la historia, de la tensión psicológica, son apenas el iceberg del drama interno que viven los personajes. Sin final feliz.

Es que eso de que una obra o una situación en general te muestre  veladamente, te señale algo en vez de que te lo describa o te lo obvie, siempre me ha impactado más. Sobre todo porque tratándose de nosotros mismos, y siempre se trata de nosotros mismos, somos los primeros en no tener claro qué es lo que está pasando, ¿cómo lo vamos a expresar asertiva, clara y obviamente, sin recovecos, sin rodeos, sin apariencias?

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