A.R.R., o Yo aquí chocheando, recordando los viejos tiempos

La tarada esa que se ríe TODO  el tiempo, banalizando el sentido del humor y el sentido de todo, recién anda con un pobre diablo. Yo no lo conozco más que de vista, pero sé que es un pobre diablo porque de otra forma no andaría con ella.

Y el deliruco también lo sabe -porque él sí lo conoce- y también se da cuenta que ella es la tarada, porque me dice: “no, es que hay que saber elegir a la pareja” en medio de una sonrisa adorable de quien sabe que nadie ni nada se opondrá al destino forjado por la estupidez.

Sí, la cosa está en elegir.

Y en medio de la incertidumbre, en medio de nuestro cuasi nulo margen de acción, si hay algo que todavía podemos elegir, es a la pareja. (Y mejor si no elegimos a nadie, digo yo. Pero pus si el llamado de la selva te gana, mínimo elige bien. Hasta para tropezarse hay que saber elegir la piedra, digo yo).

De unos años para acá, conforme el país se ha ido a la mierda y más allá, velo por el recuerdo de mi primer novio. Mi primer novio de mi secundaria patibularia con mis compañeritos patibularios.

Pero patibularios y todo, nada que ver con los tiempos actuales, aunque sospecho que conforme crecieron, y en medio de las circunstancias infernales del país, la mayoría de esos niños sí que deben de estar en la cárcel o de braseros o arrejuntados con diez hijos y así.

Horrible.

Porque resulta que mi sacrosanto padre, con sus complejos de clase, que me inscribe en primaria y secundaria patibularias donde conocí la decadencia y la infeliz infancia de nuestros tiempos y así.

Lo que me asusta, pensándolo bien, es que salí bien librada del paso, nadie me molestó en absoluto, ni siquiera tuve apodo (y  mi personita daba para varios, y ellos no dejaban títere sin cabeza) y los más predelincuentes hasta me divertían con sus payasadas y me doblaban de la risa.

Bueno, pues en medio de semejante belleza, tuve mi primer novio a la fantástica edad de trece años. A lo mejor no era tan pequeña, pero hay que aclarar que no era matada, pero sí aplicadísima, seriesísima (qué raro), tímida, no conocía más allá de la esquina de mi casa, tenía habitación propia y no vivía con mis tíos ni con mis abuelitos (cosa extraordinaria en mi patibularia escuela) y no veía nada pero nada de televisión, horror, y estaba ya tan dañada que no hacía más que leer.

El punto es que mis compañeritos me llevaban años luz de vida, experiencia, malicia y anexas. Y que llega Alfredo, la personificación de todo lo que un padre no quiere para su hijita: guapisíiiiiiiiiiiismo, el más guapo de la secundaria, y también el más desmadroso, el que se iba de pinta saltándose la barda, el suspendido, el que anduvo con todas las niñas que quiso, cuya mamá era parte del mobiliario de tanto que la mandaban llamar.

Pero era guapísimo, repito, y exactamente como me gustan: blanco blanco blanco, de cabello y ojos negrísimos, y encima un sexi lunar junto a la boca. Tenía quince años, y ya caminaba como todo un galán, hablaba como galán, se movía como un galán. Fumaba, haraganeaba, faroleaba. Y lo peor de todo (buenas conciencias, tápense ojos y oídos): ya había tenido relaciones sexuales ¡horrrroooooor! (En esos tiempos sí era horror: a los quince años nadie tenía relaciones todavía; a los dieciséis ya, ja).

Pero el punto es que era el tipo más inteligente del mundo, porque para ser un don juan hay que ser muy inteligente: para conquistar debes saber conocer al Otro, saber por dónde llegarle, cómo seducir (¡por todos los dioses! ¿Hay alguien que todavía sepa qué diablos es seducir?!!!!!!!!!!), cómo hacerse el objeto de deseo.

Para seducir hay que conocerse uno mismo y conocer al Otro. Y ahora ya nadie hace eso ni le interesa siquiera. Y en mi caso no solamente me sedujo sino que además me inició en todo este asunto de la sexualidad y blablabla. No pude tener mejor elección en la vida. No pude tener mejor entrada triunfal al maravilloso mundo de la masculinidad y la feminidad.

Gracias a su pasmosa inteligencia de vida, empecé a descubrirme y a descubrir, a mirar a los ojos a los hombres, a conocer y disfrutar la agonía.

Gracias a Alfredo yo nunca he dicho ni diré “todos los hombres son iguales”.

La poca o mucha autoestima que tengo con relación a los hombres, se la debo a Alfredo.

Gracias a Alfredo puedo distinguir a los pobres diablos a kilómetros de distancia.

Y pues ya. Espero que no esté en ningún reclusorio ni se haya convertido en un gordo asqueroso.

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