“Venga, dale, una sonrisita”

Hay un café en el pueblo que me encanta, el café y el lugar. Y también hay tragos y platillos y vinito. Por su decoración guanabí-bohemia-chic-cool-cosmopolita-urban-blablabá y las que falten, porque ponen una estación de radio de nueva york de jazz, porque los viernes hay música en vivo de  jazz y blues y así, es el único sitio en el pueblo que me recuerda la “civilización”. (Ash, ¿por qué últimamente como que muchas palabras las debo poner entre comillas? como que la vida misma se me hace entre comillas. Es lo malo de hablar sola pero en voz muy alta).

Ah, claro, y porque uno de los de la barra (en la foto) es el Ben de Felicity de petatiux. Sí está muy guapo y se ve que es buenísima onda, como el de la tele; y así ya me siento en la esquizofrenia total de estar en su café de nueva york.

Ah, y además porque me gusta ir sola porque a Ratita le caga el lugar; y porque cierran hasta las doce o más tarde y voy con mi compu a gorronearles el internet bien a gusto.

Bueno, pues el otro día estaba yo bien feliz en la barra escribiendo mi magna obra y escuchando al monito que tocaba el sax bien chingón y que empieza a diluviar horrible. Las multitudes que estaban en el patio entraron a refugiarse y eso parecía estación Centro Médico en hora pico. Una monita puso su silla junto a mí y que siento su vibra rara. No sé explicarlo, pero de todos los que estaban amontonados a mi alrededor, ella era la única que me molestaba. Terminó de llover y el lugar se despejó. La monita se quedó y un mesero que empieza a secar la inundación. Todo normal, y ella que empieza a hacerle conversación con obvia desesperación.

Aquí cabe aclarar y reiterar que soy una total discapacitada en las relaciones sociales. No sé de qué van ni qué códigos se intercambian ni nada de nada. Me da mucha risa que una vez, en la escuela, debía yo de tener como diez años, mi “amiga” me dijo “no, es que le aplicaron la ley del hielo”. O sea, yo no tenía ni puta idea, me imaginé unos cubitos de hielo y me quedé con la duda hasta que años, aaaños después no sé cómo descubrí en qué consistía semejante pendejada.

Bueno, pues habiendo aclarado el punto, imagínense cómo estaría de grave la monita del café que HASTA YO me di cuenta inmediatamente de que estaba haciendo el ridículo horrible. El monito le contestaba con una condescendencia sincera “sí, ajá ¿a poco? mmhh” y la monita bien emocionada contándole su vida entera, que no era del pueblo pero que el lugar le había encantado, “me van a tener aquí todo el tiempo, ¿eh?” y así. No, pero además como instalada en el papel de seductora nonoo, de pena ajena.

Luego, que se sienta junto a mí. Fue horrible. Yo digo que debe haber un tipo de tara o trastorno psiquiátrico que consiste en que la gente no tiene consciencia de su cuerpo, sus dimensiones, y no sabe que dos cuerpos no pueden ocupar un mismo lugar al mismo tiempo. Porque hay personas que te avientan, se te restriegan, te enciman, como si nada, como si  no se dieran cuenta y de veras no se dan cuenta. NO tienen idea de un espacio propio, del  sentido de territorio y ve a saber. Pero cómo me cagan.

Y esta tarada padecía el trastorno. O sea la barra es más que amplia y se me repegaba horrible. Neta que llegué a pensar que me estaba acosando sexualmente y toda la cosa.

La soportamos durante horas, porque la idiota se fue casi hasta las doce. Y les hablaba a todos los monitos, siempre con el mismo cuento, como a Ben, con su voz más dizque seductora: “no, y este lugar me encantó, aquí me van a tener”. Ben: “¿quieres una copa para tu cerveza? Ella: “ay, ¿por qué una copa? ¿así sabe mejor? a ver, explícame lo de la copa, ay ¿a poco? ay….”

No, un espectáculo francamente lamentable. Cuando se fue, no sin antes bajarse de la silla dándome mi correspondiente arrimón, todos hicimos una cara de habernos librado de la peste. Y eso que yo no interactúo con los monitos más que como vil clienta y no más, y hasta nació como una complicidad de miraditas y sonrisitas contenidas.

Apenas salió por la puertecilla del patio y todos empezaron a burlarse, pobre.

De verdad que esas personas me deprimen. Y me provocan horror y compasión. Pena ajena, sincera, no mal plan. Es que todos se burlaron y ni cómo defenderla. ¿Y cómo es posible que coquetee (si a eso le le puede llamar coqueteo) con tanta desesperación y desatino que, en vez de que le hagan caso (con eso de que “los hombres nunca dicen que no”) todos la manden a la chingada y además se mueran de la risa?

Y no era fea, ni gorda. Sólo es errática.

Pero seguramente ha de ser feliz, y yo no.

(¿Y realmente es la gran tragedia hacer el ridículo? Total, si la vida misma es un gran ridículo (por lo menos la mía, sí)).

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2 respuestas a “Venga, dale, una sonrisita”

  1. Lear dijo:

    No sé, Sabandija, a mí me falta una foto de la acosadora tonta para acabar de decidir si me parece lamentable hecho o feliz artificio de la vulgaridad. En cualquier caso, sí, la gente tiende a ser gente y acabamos todos por ser insoportables tarde o temprano.

  2. Becca dijo:

    Pues te la debo. Y yo me salvo, porque ni a “gente” (y dale con las comillas) llego

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