Eyes Without A Face

Total que la gente nunca deja de sorprenderme. Qué bien.

Como hoy, por ejemplo.

Así que de ahora en adelante nunca escucharé ninguna conversación de biología, ingeniería, química, odontología, física cuántica, matemáticas, derecho, medicina, arte, administración, diseño, comunicación y periodismo, mercadotecnia, genética, astronomía; o sea para acabar pronto de ningún tema ni siquiera de filosofía o literatura, porque, aunque estudié algo de eso, obviamente y gracias al osito bimbo no lo sé todo al respecto, por lo tanto sigo sin ningún derecho a escuchar ni opinar nada de nada, porque el caso de cualquier intento de conversación es…pues hablar de lo que ya sabemos ¿no? Y presumir que sabemos ¿no? Y poner cara de aburridos si el tema se nos escapa porque si no lo sabemos es obvio que entonces es un tema sin importancia, irrelevante, estúpido y anexas ¿no?

Así que de ahora en adelante ensayaré cara de yo soy lo importante del tema que sea que estén hablando por lo tanto cada cinco minutos interrumpiré para decir “ése no lo conozco, ése sí lo conozco, ése no lo conozco, ése sí lo conozco” y cuando no lo conozca pondré cara de megapendeja para que no piensen que aunque no lo conozca me interesa el tema o a lo mejor esté fingiendo entender lo que no sé porque claro, debo recordar todo el tiempo que están evaluando mi actitud al respecto y mis posibles conocimientos y mi jeta y si encajo o no encajo. Nunca, nunca nunca me involucraré en una conversación de algo que no sé porque si acaso me interesa un poquito seré una guanabí, a menos que considere la opción de saberlo todo todo todo todo para que pueda tener el derecho de interesarme por cualquier tema y seguir la conversación convenientemente: “ah, eso sí lo conozco, eso ya lo sé, blablablá”.

Y también voy a ensayar la actitud de mientras el otro habla o intenta hablar de biología o cualquier tema articulado yo ni me esforzaré en escuchar porque no sé nada del tema y por lo tanto no me interesa y por lo tanto no debe interesarme y por lo tanto no me atañe  y por lo tanto miraré a la gente pasar y exclamaré cada dos minutos sin ningún reparo: ay mira mira me gusta esa blusa, ay ese chavo está bien guapo, fíjate,… no, mirándolo bien no está taaaan guapo, hace rato me tardé en ligarme a un chavito de secundaria que pasó junto a mí, jajajaja, y así.

Y como nada de eso va a funcionar, me pondré un letrerísimo que diga: no sé cómo chingados se vea mi jeta, pero por las dudas, no soy mi me parezco ni quiero parecer. Por su atención, gracias.

*

Y de pronto, así nomás, zaz, con la vocecita y la sonrisa (¡y la caricia!) más tiernas, el comentario más hiriente y ojete que me han hecho en los últimos años. De hecho, no recuerdo un anterior, debió haber sido en la pubertad, mínimo, cuando nunca falta alguno así. Me quedé pasmada, como cuando te dan un puñetazo en la boca del estómago. Uf, confieso que tuve que aguantarme las ganas de ponerme a llorar ahí mismo.

Pero si estamos chupando tranquilos…¿de qué me perdí? No… tú sí que has de sufrir mucho, pero no salpiques.

Y la cabrita voltea e intenta recordar, buscando explicación: ¿habrá sido mi sonrisa, habrá sido una palabra que dije, habrá sido que mencioné a fulanito a quien ella no conoce e interrumpió la plática para aclarar que no conoce, habrá sido que miré sus lentes porque ella los tomó y se los acomodó como diadema, habrá sido que dije “pero no me atrevería a usarla”, habrá sido que…?

No, ya sé, de seguro fue la falda que me puse; o que no planché mi blusa, claro, eso fue.

¿O habrá sido el clásico: “yo lo vi primero, yo lo conozco desde la primaria, yo estuve con él, yo también soy bióloga, yo…?”

Y  justamente lo contrario de lo que me dijiste es el halago que casi siempre me han dicho los hombres, un halago que siempre me ha incomodado porque no tendría que ser tal, ¿entiendes? Nadie tiene derecho a calificar al otro así y en ese terreno, ya sea como halago o como desprecio, al menos en voz alta, sin considerar el terreno desde el cual estamos calificando, sin cuestionarnos a la vez nuestro rasero.

¿Pero sabes qué? Nadie quiso entrar en tu competencia y tuviste que irte.  Y él se quedó conmigo hasta las doce de la noche las doce. Ocho horas ocho platicando y platicando.

Y aprendí un montón.

De ti, de él, de mí.

(Porque esta historia debe tener final edificante, claro, ñeeee)

Ash, tenía que ser mujer y gorda.

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