¿Qué es esto?

Si de algo sirve haber confesado que tenía “años” de haber dejado el gimnasio, es para apreciar mi desidia en toda su magnitud y regresar corriendo. Me encontré con que en la sucursal a la que iba ya quitaron el spinning, así que emigré a la que está en el maldito centro comercial, horror, con lo que odio odio odio esos lugares.

Desde los 14 años había hecho ejercicio habitual y ferozmente. Sin embargo, no tengo un cuerpo atlético, delgado ni marcado, pero sí condición física, ganas de sufrir con los entrenamientos y una complexión aceptable. Pero ahora que regresé descubrí con horror que todo lo que había logrado a lo largo de esos años, lo perdí en estos malditos cuatro meses de inactividad total. Aguanté la clase, pero no con el rigor ni el ritmo de la entrenadora, y a los quince minutos ya estaba a punto del desmayo. Fue horrible. Me siento la peor persona del mundo, con el trasero más grande y fláccido de toda la historia de mi vida. Tuve que ir en pants de abuelita porque mis licras se me ven horribles, no puede ser ¿por qué no puede uno tirarse tantito a la flojera sin que haya tan devastadoras consecuencias, por queeeeeé? Mínimo, miiiiínimo voy a tardar como dos meses para medio empezar a recuperar mi condición física y mi trasero.

Pero el punto de escribir esto es que, en el fondo, esta situación no me devasta, a diferencia de antes. En lo que recupero la decencia, no voy a envolverme en costales de papas; sigo vistiéndome con mi aparente optimismo de siempre, total. Claro que el enigma a resolver es si es valemadrismo, resignación, crisis de los 30, desesperación, o la grandiosa aceptación de uno mismo, ñe.

Voto por una mezcla de todas, exceptuando la aceptación.

Y en el mismo orden de ideas, sigo traumada con el asunto de la monita que nos presenta como “amigas”. Digo, es que me dio tanta lástima, compasión, horror y tristeza que he pensado seriamente en la posibilidad de cumplirle un poco su fantasía: he estado a punto de invitarla al cine o a por un café e interesarme por su vida o algo así.

(Y a continuación viene un vómito de ideas que una vez dichas, las leo y ni yo entiendo pero no las quitaré ni intentaré darles orden ni coherencia porque así las pienso y punto) (Y el paréntesis anterior viene a confirmar que estoy en el valemadrismo y desesperación y anexas).

Como que uno de los grandes puntos de origen de mis patéticas desgracias es pensar, desde pequeña, que los demás son “normales” y yo no. Pensar un mundo allá afuera y un planeta acá adentro, sin puntos de conexión. Ya sé que no hay “normal” en sentido estricto, pero sí existe el término en sentido práctico y sí hay un rango de la normalidad. Y no es que yo me sienta especial o diferente-superior. Pero me siento anormal, como una aberración, inadaptada, como que no entiendo el funcionamiento de los demás, no encajo en sus juegos, excluida, insecto.

Pero como  que esa dinámica, además de ser mi desgracia, también era el punto de salvación: pensar que yo estoy mal y los demás “bien”. Que el mundo sigue su curso normal y yo voy a trompicones. Que en los demás hay un orden y una secuencia y curso como debe ser. Que todos ríen y conocen gente y se sienten bien consigo mismos, o ni siquiera les atormenta pensar en ello, no les hace ruido su propia compañía, van por la vida tan felices ellos y todo bonito. Yo soy la pobre luser que no sé en qué momento de la concepción se le cruzaron los cables.

Y entonces, como ejemplo, aparece esta monita. Convivimos durante años. Y nada más. No le platico nada de mi vida porque su persona no me interesa, es vulgar, mala vibra e imbécil. Ella viene y desahoga sus berrinches conmigo, pero no hay camino de vuelta por mi parte. Nunca de los nuncas hemos salido juntas, nunca hemos “tomado un café”, nunca hemos ido al cine, nunca hemos compartido nada más íntimo. Creo que, aún en mi planeta, las cosas están claras. Y diariamente, en sus grandiosas pláticas, ella menciona a innumerables amigos: “el otro día me dice una amiga”; “fui al cine con mi amiga x”, “estaba platicando con una amiga”, “me encontré a una amiga”, etcétera hasta la náusea. Eso me baja la moral un poquito, porque pienso: “claro, como siempre, TODOS, hasta una pendeja que se la pasa diciendo que toooooodos son unos pendejos menos ella, resentida mala vibra tiene una legión de amigos y yo sola como el perro, pobre de mí, nadie me quiere”; pero al mismo tiempo me tranquiliza porque me confirma que es gente normal que tiene amigos con quienes sale y platica y chatea y “un amigo” por aquí y “un amigo” por allá.

Pero cuando me presenta con enorme entusiasmo como “su amiga” caigo en la cuenta que debo ser como todos los demás que menciona, y entonces somos sus amigos imaginarios. ¿Y entonces la gente no es normal? ¿Ahora resulta que hasta yo tengo más amigos de verdad del alma que ellos? ESTO es lo que realmente me deprime. ¿Y cuando salen con sus “amigos”, están fingiendo horriblemente? ¿O les vale la palabra? ¿Y si también están solos, por qué no hacen algo de verdad al respecto, en vez de seguir cavando y cavando?

Y lo que me preocupa es que sigo considerando la posibilidad de darle por su lado. Digo, si finalmente compartimos el mismo dolor, pues ya qué. Pero no, porque de verdad es una persona sumamente desagradable. Pero si no es normal, entonces es un poco como yo; o yo como ella, es decir, entonces no somos tan diferentes, y entonces qué más da ir al cine con ella y todo lo demás. Pero no, no no y no.

Y en el mismo orden de ideas, otra cosa que nunca entendí ni entenderé es el asunto del coqueteo. Y como se supone que es un lenguaje natural que hasta los animalitos del bosque lo tienen y lo entienden, y es una onda de seducción muy compleja y acá, por eso he pensado que quizá tenga algún tipo velado de autismo, a no ser que sea pura y llana pendejez de mi parte. Y aquí otra vez el asunto de “los demás”. Yo veía cómo los demás coqueteaban y blablabla y yo en la oscuridad total. Y es raro, porque de hecho puedo detectar a los dos segundos cuando alguien está coqueteando, incluso puedo decir si tendrá éxito o no. Pero yo nunca lo pude hacer.

Me acuerdo de una vez, puberta, que me gustaba un monito. Y yo a él, pero el idiota no hizo nada y pues yo  menos. Y le dije a mi amiga. Y me contesta: “bueno, pero menos mal que tú tendrás tus tácticas…”. Y yo, muerta del desconcierto: “ajá, claro…”. Ja, por supuesto que nunca se me hizo con el monito. Me dije ¿ups, a poco existen tácticas? Pero la pena me impidió pedirle a mi amiga que me iluminara, y a la fecha, es uno de los grandes misterios que no se me han revelado; y así sobreviví mi adolescencia y juventud: sin táctica alguna. (Aunque mi amiga me hubiera dado clases intensivas, no hubiera servido de nada, eso se sabe, no se enseña).

Así que los novios que tuve fue porque el destino lo quiso, pobre de mí. Dicho lo cual, me intriga que a pesar de todo, tuve novios. (Mi primer novio, a los trece, por cierto, es oooootra  historia, a él le debo mi feminidad, para empezar). Y hasta me casé.

Y así, nada más veía cómo las chavas: “me gusta ése” y a los dos días ya estaban juntos. ¿Y qué, los hombres nunca dicen “no”, maldita sea?

Reflexionando profundamente acerca de esta situación, he descubierto que he cambiado adentro de mí. Estoy casada, bien. Pero supongamos que no estuviera casada, o que fuera soltera o que Ratita me abandona como trapo viejo. Supongamos, en fin, que estoy sola-sin pareja. Yo, lo que haría en esas circunstancias, sería invitar al monito que me guste. De plano. Aunque no lo conozca, puede ser el de la mesa de junto en el café, o de la mesa de junto en la biblioteca, o el veterinario de mi perro, o mi dentista –oh, sí, mi dentista-. Me acercaría, y le diría: “hola, te invito un café”, o “hola, soy fulana y quiero salir contigo”, o “holas, ¿saldrías conmigo?” o “hola, ¿quieres ir al cine conmigo?” y así.

Mis amigos –y éste es otro asunto a tratar, que mis amigos han sido hombres, a excepción de Wanda- siempre me han dicho: “Noooooo, una mujer que te invita es lo máximo, es una DIOSA (chale, ¿tanto así?), es un mujerón, blablablabla. Qué buena táctica, deberían dejarle a la mamada de esperar a que uno haga algo y ellas tomar la iniciativa y blabla”. Y yo digo que a mí me parece más complejo y rebuscado y creativo cuando aplican la de “qué hora tienes, o disculpa, pensé que eras otra persona, o ¿qué no te conozco de algún lado?” y la sonrisita y blabla”. Y también digo: sí, qué padre cuando tomar la iniciativa es, de hecho, una táctica.

Pero en mi patético caso, confieso que yo lo haría POR FALTA DE TÁCTICA. A falta de cualquier otro recurso y abundancia, en cambio, de desesperación, no me quedaría otra que aplicar la ruta directa.

Y hay una enorme diferencia.

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Una respuesta a ¿Qué es esto?

  1. Lear dijo:

    De atrás para adelante:

    -Lo de coquetear, sí, es una cosa rara. Mi teoría es que nadie sabe, pero que siempre pasa que hay gente que ignora el coqueteo de la misma manera y entonces allí algo hace click. Lo de llegar así, de bulto, directo, puede terminar en dos cosas: que el monito en cuestión huya despavorido o que le parezca lo mejor del mundo. ¿Ves?, ignorar mutuamente, allí está la cuestión.

    -Sobre la que dijo que eras su “amiga”, sigo pensando que el asunto es que te la tomaste muy en serio. Eso demuestra que tu fase de valemadrismo, por lo menos con respecto a ese tema, no existe, pero igual está muy divertido como público.

    -Y ya no me acuerdo qué más había arriba. Saludos.

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