Momo, de Michael Ende

Ya terminé de releer Momo.  Lo leí por primera vez por ‘ai de los 10 años y ahora comprobé que me acordaba de bastantes cosas.

Bastantes, porque normalmente no me acuerdo de nada de la trama de novelas o películas. Me quedo con otras cosas, pero la trama se me borra. Hay infinidad de películas que no recuerdo para nada haberlas visto; le digo a Ratita: ¿¡con qué zorra fuiste que yo no iba contigo!? Ratita muere de la risa porque jura y perjura que las vimos juntos. Y yo la vuelvo a ver y nada que me acuerdo ¿estaré mal de la cabeza? Pregunta peligrosa, pasemos de ella.

Momo habla sobre escuchar, a uno mismo y a lo demás. Ash, qué novedad que, según yo, es eso de lo que trata.  A las pruebas me remito: pongo enorme cita de las primeras páginas del libro.

Pero lo que quiero decir realmente es que, releyendo Momo, caí en la cuenta que no sé escuchar. Pero al menos me esfuerzo por intentarlo.

—————–

-Es un nombre bonito, pero no lo he oído nunca. ¿Quién te ha llamado así?

-Yo -dijo Momo. -Por lo que puedo recordar, siempre he existido.

-Está bien -dijo una mujer-. Pero todavía eres muy pequeña. Alguien ha de cuidar de ti.

-Yo – contestó Momo aliviada.

—–

Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.

Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.

Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.

Sabía escuchar de tal  manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.

¡Así sabía escuchar Momo!

Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.

Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.

Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.

En esas noches solía soñar cosas especialmente hermosas.

Y quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.

————-

Mientras se iba moviendo (Beppo Barrendero), con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.

-Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:

-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento.  Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:

-Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:

-Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió:

-De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:

-Eso es importante.

Otra vez se sentó al lado de Momo, callado, y ella vio que estaba pensando y que quería decir algo muy especial. De repente, él la miró a los ojos y le dijo:

-Nos he reconocido.

Pasó mucho rato antes de que continuara con voz baja:

-Eso ocurre, a veces… a mediodía…, cuando todo duerme en el calor… El mundo se vuelve transparente… Como un río, ¿entiendes?… Se puede ver el fondo.

Asintió y calló un rato, para decir en voz más baja:

-Hay allí otros tiempos, allí al fondo.

Volvió a pensar un buen rato, buscando las palabras adecuadas. Pero pareció no encontrarlas, pues de repente dijo con voz totalmente normal:

-Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay allí cinco sillares de otro color. Así, ¿entiendes?

Y con el dedo dibujó una gran T en el suelo. La miró con la cabeza torcida y, de repente, murmuró:

-Las he reconocido, las piedras.

Después de otra interrupción siguió, a empellones:

-Esos eran otros tiempos, cuando se construyó la muralla… Trabajaron muchos en ella… Pero había dos, entre ellos, que colocaron esos sillares… Era una señal, ¿comprendes?… La he reconocido.

Se pasó la mano por los ojos.  Parecía costarle un gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras salían con esfuerzo:

-Tenían otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.

Pero entonces dijo, en tono definitivo y casi colérico:

-Pero nos he reconocido, a ti y a mi. ¡Nos he reconocido!

—————-

Hasta aquí la cita. Es un libro hermoso hermoso hermoso.

Y hay un cuento de hadas adentro. Un cuento que le inventa Gigi a Momo. Un cuento en el que ambos son los protagonistas: el príncipe y la princesa.

Un cuento largo y bello que no voy a citar. Pero baste mencionar que en el cuento se dice lo siguiente:

que la princesa Momo es inmortal.

que la princesa Momo está sola en su castillo, su única compañía son reflejos del mundo, imágenes que le manda un espejo mágico con las que juega.

que la princesa Momo no puede verse en el espejo. Si lo hace, se vuelve mortal.

la princesa Momo, en busca del príncipe, se ve al espejo y entra al mundo.

¿y qué pasa, entonces morirán como todos nosostros?

No, porque cuando dos personas se ven al espejo, juntas, vuelven a ser inmortales.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sabandija se busca y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s