Regalos

                                                                                      Para, por y desde Roberto García

 

Aunque diga que no, Roberto tiene un blog de arte.

Y me habló de arte también.

Y no sólo eso, sino que además me regaló dos de sus piezas.

Y muchas preguntas.

Muchas

Todo lo que provoque preguntas

————–

En la serie de libros de Mankell con casos que resuelve el detective Wallander, impera una atmósfera de decadencia, desesperanza, miseria humana, historias que ocurren en la primer mundista Suecia.

Y ahí está Wallander, cuyo éxito en la resolución de los casos está en hacerse preguntas, las preguntas correctas, y tratar de contestarlas como lo harían los criminales. Y las preguntas atormentan a Wallander, quien no duerme, no come, no se tranquiliza. Y resuelve el crimen para volver a empezar, para esperar el siguiente, y así. Pero hay algo que no cuadra en Wallander: no llega a ningún lado, no sabe de dónde y por dónde ni a dónde. Se pierde, no encuentra ningún asidero para mantener la cordura.

El padre de Wallander vive, pero ya tiene más de ochenta años. Ya está senil. Su actividad principal de todos los días es pintar el mismo cuadro una y otra vez. Es un pájaro. No recuerdo si el escenario cambia, o también es el mismo. Y Wallander no lo entiende. El viejo está senil.(“Los viejos se comportan nuevamente como niños”). Pinta y pinta lo mismo. Pero el viejo ya tiene paz, y Wallander no. Llegó a lo mismo, a la nada, a lo incomprensible, a lo simple, pero después de un camino recorrido. Encontró las respuestas en formular las preguntas. El cuadro es el mismo, pero el camino no.

Claro, como dijo Roberto, no es lo mismo pintar lo mismo cuando tienes veinte años, y durante el resto de tu vida; a pintar lo mismo después de los ochenta. Hacerlo en la primera opción es comodidad. Imbecilidad, añadiría yo, y muerte.

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Roberto es oreja y ojos con patas.

Irradia una autonomía inusual

Es como si no necesitara a nadie

Y como si no lo supiera. Sin soberbia,

O sabe lo que necesita de ellos

O no le incomoda necesitar lo que necesita

O sabe que lo que necesita está en él.

Como quien sabe Yo soy

Sólo alguien así puede preguntarse ¿cómo estar en este mundo con el mínimo posible de rango de acción, haciendo lo mínimo? ¿Cómo hacer lo menos, estando?

Y dice que no sabe preguntar

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Esta es una pieza que me regaló:

Lo amé inmediatamente. Podría ponerlo de cabecera de mi blog.

Es hermoso.

Me fascina contemplarlo.

Cualquiera lo puede hacer similar, hasta yo, dirán.

Pero ése no es el punto.

No es que no importe en absoluto. Importa en la medida en que te dice que hay algo detrás, un largo camino, un recorrido, un punto de partida.

Para mí será un punto de partida desde la nada hacia la nada.

Para él es el punto de llegada, a partir de un origen y después de una travesía.

Es el resultado de algo.

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¿Sabes lo difícil que es regresar a lo simple? ¿Sabes lo difícil que es alejarte y tomar distancia para apreciar lo obvio?

¿Sabes lo difícil que es ver, oír, y poder regresar?

 

“-¡Si ni siquiera sabes lo que significa sofisticado!- dije.

Mi madre se volvió hacia mí con brusquedad. He de repetir que cuando me dio a luz sólo tenía veintiún años. Nunca he sido mucho más joven que mi madre, y ella nunca ha sido mucho más mayor que yo. Estábamos en el coche, y me llevaba al colegio. Era en Swansea, a finales de los años cincuenta.

-¡Oooh, sí sé lo que significa sofisticado!- dijo ella.

-No, no lo sabes. No lo que significa realmente.

-Sí, sí lo sé.

-Pues venga, dime: ¿qué significa sofisticado?

Veo el perfil de mi madre, que frunce el ceño levemente, concentrándose, mientras enumera algunos de los atributos más atractivos y propios del vocablo, todos ellos dignos de ser ambicionados por una tímida chica de pueblo de Berkshire.

Dije:

-No, no es eso lo que significa de verdad.

-De acuerdo. ¿Qué significa de verdad, entonces?

Corrupto.

Mi madre era inocente. Con el tiempo le vino la experiencia, y la asimiló. Y con el tiempo volvió a ser inocente. Y yo siempre me he preguntado cómo lo logró.

(…)

…donde hay hierba hay también, necesariamente, serpientes.

La inocencia atrae a sus dos principales contrarios: la experiencia y la culpa. La nuditas virtualis atrae a su correlato teológico la nuditas criminalis. El pedófilo, por ejemplo, quiere de los niños más cosas que la mera belleza física; el pedófilo ansía tanto profanar que tan sólo los niños le sirven. Yo era joven, y el mundo era más joven, casi inimaginablemente más joven. Y sin embargo siempre están ahí estos enemigos, estos seres que al ver la inocencia necesitan hacer algo contra ella”. (Martin Amis: Experiencia)

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Y eso -bueno, no eso, pero me acordé de todos modos- me recuerda cuando entrenaba box profesional -hace milenios, qué horror-. El entrenamiento era inclemente, sólo éramos cuatro mujeres porque teníamos que mantener el mismo ritmo que los hombres. Era normal que cada sesión, de los dos sexos, fuéramos corriendo a vomitar o a hacer del baño, del esfuerzo. El caso es que tenías que entrenar diariamente, más allá de tus límites, durante mínimo cuatro meses, para poder subir al ring durante nueve miserables minutos, en lapsos de tres. Cuatro meses para medio aguantar nueve minutos. El entrenamiento era duro, metódico, ascendente. Tenías que medir cada jugada, cada golpe, dominar todos los movimientos, entrenar sobre todo la mente para aguantar el cansancio y leer la táctica del otro.

Pero cuando subías al ring, descubrí que el chiste de todo ese trabajo era digerirlo en las vísceras. Los mejores golpes se conectan cuando la mente no piensa, sino cuando sólo el cuerpo responde. Lo aprendido está ya en la sangre, en las venas. Y bum, sin saber cómo, sueltas los mejores golpes, los más rápidos, los más certeros.

Y ése era el trabajo real. No quedarte clavado en el entrenamiento. Aprender a usarlo, a proyectarlo, a escupirlo. Después de un largo esfuerzo mental por aguantar y aprender, regresas a lo básico de gritar en cada golpe, de sentir la adrenalina y la sangre.

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Cuando esperaba a Roberto, leía este fragmento:

“Pues un hombre es lo que ama. Por eso lo ama: porque él forma parte de ello. Y no sólo un hombre. Ocurre lo mismo con las cosas. Recuerdo el bramido que se oyó en la lavandería automática de origen americano, importada de no sé dónde y recién inaugurada en Leningrado, cuando introduje mis primeros tejanos en una de las máquinas. En aquel bramido se percibía la alegría del reconocimiento; toda la cola lo percibía. Así que cerremos los ojos y admitámoslo: en el mundo occidental, en la civilización, reconocíamos algo propio; quizá más que en lo de nuestro país. Y además íbamos a tener que pagar por esa sensación. Y un precio  muy alto: el resto de nuestra vida. Que no es poco, admitámoslo. Pero pagar menos sería pura prostitución. Y además, en aquellos tiempos, el resto de nuestra vida era cuanto poseíamos”. (Brodsky, Joseph: Del dolor y la razón)

Yo no sé si poseo mi vida pasada, presente y el resto de ella. Creo que ya no se sabe. Son otros tiempos en que ni esa certeza tenemos. De hecho, creo que es de lo que más estamos desposeídos. De nuestra vida y lo que conlleva: reconocimiento, nostalgia, mirar, escuchar, vínculos.

Suele pasarme que abomino al mundo, abomino mi persona, abomino todo. ¿Y qué me queda, entonces? No anhelo ser optimista -otro tipo de ceguera, peor-, sólo no quiero sucumbir; o no tan fácilmente.

Y en todo esto, mi pequeño, íntimo y patético acto de rebeldía -rebeldía hacia el mundo pero, sobre todo, rebeldía hacia mí, en primer lugar, porque es más fácil y cómodo estar sola, con el eco de compañía- es conocer a una que otra persona. O intentarlo. O provocarlo. Sólo un poquito, aunque sea.

 

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2 respuestas a Regalos

  1. huyecorzo dijo:

    Perdón si me he tardado un poco en contestar. Me lo estuve pensando.
    La experiencia es aceptar que no puedes controlar el mundo (Amis dixit). ¿Llegaremos a la inocencia? Pero lo más interesante de saber: ¿cómo llegaremos?

  2. Lear dijo:

    Me gustó el post. Suena un poco a Bob, aunque no. En todo caso, qué lindo regalo.

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