Ensayos y perfiles, de Marcel Schwob

“Vivir, escribió Ibsen, es combatir contra los seres fantásticos que nacen en las cámaras de nuestro corazón y de nuestro cerebro; ser poeta es juzgarse a sí mismo.” Estos versos son terribles. Nos muestran la perversidad que acosa a los cerebros de nuestros tiempos.

El principal aspecto del mundo, centralizador, egoísta y lógico, es el de la continuidad. Éste es el aspecto simple y exterior del universo, que resulta de la posición de nuestra unidad en medio de una multiplicidad que nosotros coordinamos.

Nuestra noción del tiempo se transforma desde el salvaje hasta el hombre civilizado, del niño al adulto, del sueño a la vigilia.

Así, el aspecto último del mundo, luego del perfeccionamiento de los sentidos y del conocimiento, es el de la discontinuidad.

La visión pasional y moral del universo se adapta sucesivamente a los mismos puntos de vista. El alma es una al principio, y ya sea al mirar, al razonar o desear, se aplica toda entera. La noción de la diversidad de los objetos y de la diversidad de sus propias partes le llega más tarde. Es concebida entonces bajo la forma de sensación, de razón o de voluntad, y le da preponderancia a sus especies. Si realiza creaciones estéticas, las separa y les da a cada una su dominio; no produce un hombre entero, fino y valiente, aventurado y prudente, como Ulises; lanza a escena a un ambicioso, un celoso, un irresoluto, Macbeth, Otelo o Hamlet. De la misma forma en que los modernos distinguen en la gama de colores tonalidades que los antiguos no percibían, el alma también ha hecho su educación de tonalidades: donde antes era púrpura, se ve violeta, o malva, o cereza o naranja, y cuanto más se diferencia, más valor les da a sus moléculas. El punto de partida del hombre es el egoísmo. Es el reflejo sentimental de la ley de la existencia, mediante la cual tiende a persistir su ser. La perversidad moral (y digo perversidad ubicándome en el punto de vista de la naturaleza) nace en el momento mismo en que el hombre concibe que hay otros seres semejantes a él y les sacrifica una parte de su yo.

II

Esos “seres fantásticos que nacen en las cámaras de nuestro corazón y de nuestro cerebro”  son creaciones o fantasmas. Veo que la espantosa perversidad de Shakespeare engendró en su cabeza a Lear, Ricardo III, Antonio, Calibán,Falsfat, Miranda y tantos otros tan distintos como él los quiso y cuya extremada diferenciación en las pasiones le permitió proyectarlos a todos, después de haber luchado contra ellos. (…)

Ya que los que han podido diferenciarse y dejar de ser ellos mismos saben aplicar su voluntad a la creación estética, o lo ingnoran y han engendrado seres fantásticos, o son su presa. El más terrible de los fantasmas, sin apariencia, sin forma, que encuentra Peer Gynt, el héroe de Ibsen, y que se concibe bajo un número infinito de formas imaginarias que se vuelven reales, responde cuando Peer Gynt le pregunta su nombre: “Me llamo Yo Mismo”.

(…)

III

Imaginemos entonces un ser cuyo cerebro esté perseguido por fantasmas que tienen una tendencia a la realidad, al igual que las imágenes tienen una tendencia alucinatoria, y que, al mismo tiempo, no esté dotado aún de la voluntad necesaria para actuar, o para proyectar sus fantasmas después de haber luchado contra ellos. Creo que tal ser no es raro, y que incluso representa un momento de la evolución intelectual de muchos artistas de nuestro tiempo. La inteligencia y la estética interior se forman mucho tiempo antes que la voluntad. Para producir una obra de arte es necesario que la voluntad haya alcanzado su desarrollo antes de esta etapa. Como el artista aún no ha podido concretar estéticamente sus creaciones o fantasmas, éstos se interpondrán entre él y la sociedad, lo aislarán del mundo, o bien los introducirá en el universo, como Don Quijote, que no tiene otra locura que no sea ésa.

(…)

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