Post intitulable, de la saga “échale sal a la herida y házme un monumento”

A veces me siento muy fuerte. Demasiado. Y camino con paso firme, y miro de frente, y hasta sonrío con genuina alegría, a veces con desdén. Siento que nada, nada malo puede pasarme –ya-. Como si hubiera desafiado el máximo peligro, y ganado. Hasta veo por encima del hombro, pobres insectos.

Otras, me siento muy débil y vulnerable. Expuesta. Indefensa.

Y suele pasar que los dos polos ocurren al mismo tiempo.

Porque lo que me hace fuerte me  hace débil; y viceversa.

Mi fortaleza se basa en mi debilidad; y viceversa.

A veces hablas de ese miedo con tanto pavor que parece que ya pasaste por él…

No me acuerdo, pero sí, sí lo creo. Debe ser ésa la explicación.

No me odia ni me agredió frontalmente, pero desde que nací fui y sigo siendo  algo así como una piedra en su zapato.  Aunque yo lo capté inmediatamente y procuré alejarme lo más posible de ella en cuerpo y alma. Una piedra sólo por existir, creo yo.  Una molestia que habría que eliminar, anular. Calladamente. No  quiero saber ni me interesa por qué; no me incumbe, de hecho. Me importa lo que yo he hecho con eso.

Y luego, yo. También quise anularme

Pero ya pasó, ya pasó. -Sí, pero pasó, y está ahí, y podría regresar en cualquier momento…

Por eso, nadie puede hacerme daño ya. He tenido a los peores enemigos que existen: la fuente y uno mismo. ¿Crees que lo que me haces puede surtir algún efecto? Por favor…

Aprendí, de la peor manera -o de la mejor, no lo sé y no importa- que sólo me tengo a mí misma, y a veces ni eso.

Por eso puedo verte y sonreírte casi con lástima, con condescendencia ante tu mirada envidiosa y maliciosa.

Ya nadie puede hacerme daño, tanto daño. Ni tú, ni tú, ni tú taz, ni tú Ratita – si alguna vez dejas de amarme y/o me lastimas y/o me traicionas- ni tú, ni tú, que acechas y me esperas a la vuelta de la esquina.

No es insensibilidad. Puedo sentir, puedo sufrir, me lastimarás, pero ya no puedes destrozarme.

Ya no puedes romper lo roto.

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