Un fracaso anunciado, o a lo que lleva la desesperación

Desde pequeña me gustó leer.

Lo digo sólo como mera descripción, pero si me apuran, lo consideraría más un defecto que algo para presumir. El caso es que me gusta. Y después de tanto ejercicio lector, sé que un escritor es un monstruo, entre otras cosas. Jamás me atreví siquiera a imaginar querer escribir nada, porque claro, yo no soy un monstruo ¿verdad?. Nunca llevé un diario, por ejemplo. Lo único que había escrito en la vida fueron los ensayos de la facultad, cuya máxima dificultad era precisamente sobrepasar cinco cuartillas. Algunas veces heroicas logré entregar ocho, con todo y portada.

Pero hace dos años la desesperación –siempre estoy en la desesperación, y a veces alcanza niveles que me llevan a cometer locuras, como en este caso- me llevó a tomar un taller literario. Estaba harta de convivir con gente pueblerina que hablara así: fuistes, haiga, etc., y saaabiamente imaginé que en un espacio rodeada de ezzzzcritores y aspirantes a me encontraría mejor. Ingenua de mí, hubieran visto lo que entregaba el 90%: no conocían la existencia de signos de puntuación ni de acentos, para empezar. Nunca comprendí la infinita paciencia del monito tallerante para leer semejantes bodrios. Yo se los hubiera aventado a la cara: no recibo nada sin ortografía, máximo con cinco errores de dedo. Sólo así aceptaría analizar y criticar el contenido.

Los talleres literarios siempre me han provocado desconfianza, es por lo menos perverso imaginar que yendo a un equis lugar con equis monito vas a salir siendo escritor. Y, si lo sabes porque es taaan obvio, ¿por qué vas? Como ya dije, yo por la desesperación y la ilusión, por querer respirar nuevos aires. Supongo que otros irán a ligar (empezando por quien lo imparte), a perder el tiempo, a sacar sus talentos frustrados, otros ya se sentirán escritores y sólo necesitan contactos, ash, toda una fauna; sí, sí era lugar para mí, no me hago.

Total que fue mi primera vez en un taller literario (y última, espero). Y claro, era para ezzcritores. Y yo que muevo palancas (primera vez también) y entro. Y sopas, que me entero de que hay que escribir y cada sesión hay que llevar algo -¿qué raro, no?-. Y yo: -no, pus nunca lo he hecho, así que si me quieren correr, adelante-. (Ya que había metido la pata quería emprender la graciosa huida) Y el monito: -no, eres bienvenida, siempre hay una primera vez-. Y yo pensé: maldita sea, ¿en qué diablos me he metido?

Y aquí otro paréntesis en esta incoherente entrada: aunque no tenía experiencia previa, mi estadía en la carrera de filos me enseñó que el ambiente intelectual es sumamente divertido: “todos son unos pendejos menos yo. La filosofía me vale madres, el caso es demostrar que yo tengo la razón”. Así es la cosa (y aclaro que me sentí tan pero tan bien en ese mundo, de veras, jijiji. O sea, no estoy de acuerdo con semejante actitud, juro que no la practico (bueno, lo de poner foco en tener la razón; porque de que hay gente pendeja, la hay) y puedo aventurarme a juzgarla como mala-incorrecta y anexas; pero fueron mis años maravillosos. Mataría por regresar. ¿Alguien puede ayudar a entenderme? Porque yo no puedo).

Continuando con lo de los talleres, mi sentido común me dice que para quien quiera escribir, primero tendría que leer todo, o querer hacerlo. Todo lo bueno. Y para saber qué es lo bueno, tiene que estudiar y empezar por los llamados clásicos. No me pregunten qué son y por qué se les llama así, porque mi sentido común hasta ahí llega. O sea, podrías empezar leyendo toda la colección de gredos, por ejemplo. Empezarías a empaparte de Temas, Estilo, Forma, Poética.

Y mi sentido común también me dice que hay que dominar las herramientas que debes usar. Un escultor domina el material y blablabla. Pues un escritor debe aspirar a manejar el lenguaje con maestría. Podría empezar por estudiar latín, griego, gramática, sintaxis, etc., y leer leer leer leer. Y luego está la parte de la teoría literaria, la historia, la filosofía, las demás artes. Y ni así tendrías garantías de llegar a ser un buen escritor. Ni así.

Obvio que lo anterior no es la única manera de llegar, imagino que hay otras, no es así de cuadrado el asunto. Pero de que tienes que dominar la herramienta, tienes que.

No creo que nadie vaya a un taller con el serio propósito de aprender a escribir. Espero que no.

Eso me recuerda el siguiente fragmento de Memorias de un nómada, de Paul Bowles:

Antes de los ocho años!] Uno de mis pasatiempos consistía en inventar listas de nombres de lugares; los consideraba estaciones de un ferrocarril imaginario; había hecho un mapa con el itinerario y el horario. En Glenora se me ocurrió la idea de convertir parte de la fantasía en realidad: escribí los nombres en tiras de papel que coloqué, sujetándolas con una losa de pizarra en los lugares que juzgué adecuados en cada caso, a lo largo de los senderos del bosque.

(…)

Pronto me inventé un planeta con mares y continentes. Hice mapas de todos, añadiendo cordilleras, ríos, ciudades y ferrocarriles.

(…)

Mi madre y yo nos llevábamos bien en general; supongo que, sobre todo, porque siempre que le leía me escuchaba y me daba su opinión razonada, aunque le leyera una lista de nombres de sitios inventados. De los dos a los siete años me leía siempre una media hora antes de dormirme. A partir de los siete años unas veces me leía ella y otras veces le leía yo. Recuerdo que quería seguir leyendo los Tanglewood tales de Hawthorne, y la mezcla de fascinación y repugnancia que me producían los cuentos de Poe. No podía leerlos en voz alta; tenía que experimentarlos. La voz baja y agradable de mi madre y, por extensión, su personalidad, adquirían los tonos más siniestros cuando leía aquellas frases terribles.

(…)

Además de aprender a terminar mis prácticas antes de divertirme al piano, siempre terminaba los deberes escolares antes de dedicarme a las tareas diarias que me imponían: escribía un periódico diario del que hacía una copia de cuatro páginas a lápiz y color; escribía todos los días los diarios de varios personajes imaginarios; seguía ampliando los libros de información de mi mundo ficticio; y dibujaba obsesivamente casas (planos de fachada, sin perspectiva), que completaba con sus listas de precios y de compradores, para un grandioso proyecto inmobiliario. El periódico publicaba un reportaje diario sobre un inverosímil viaje por mar de sus corresponsales: “hoy desembarcamos en Cabo Catoche. ¿Adivináis dónde estaremos mañana?” Tenía un atlas enorme de hojas sueltas, tan pesado que casi no podía con él. Lo llevaba al centro de la habitación, lo abría en el suelo y me sentaba a contemplar absorto los mapas. Cada poco llegaban nuevas hojas sueltas; había que destornillar el libro e insertar los mapas en el lugar correspondiente.

Completaba los diarios todos los días; escribía las entradas en tercera persona, en presente, como los titulares del periódico: “Víbora llega a casa pidiendo pollos. Adele la echa.” Muchos personajes enfermaban y adelgazaban de forma alarmante. En todos los diarios llegaba un momento en que los sucesos me absorbían tanto que escribía varias hojas seguidas. En cuanto empezaba, era imposible volver a las entradas día a día. La velocidad de los sucesos aumentaba, y acababa en seguida el cuaderno.

También hacía calendarios mensuales (cuando podía se los vendía a los parientes), que adornaba con dibujos hechos con lápices de colores. Los calendarios eran preciosos y bastante legibles, pero las líneas verticales y horizontales que formaban las casillas de los días eran siempre curvas en vez de rectas. Todos insistían en ello.

(…)

Por entonces empecé a escribir una obra larga titulada Le Carré, ópera en nueve capítulos. Por supuesto no era en absoluto una ópera, sino un cuento con algunas canciones intercaladas. Compuse melodías para las letras; creía que las canciones me autorizaban a llamarlo ópera.

—————————————————-

Habiendo leído lo anterior, queda claro que lo que sigue de mi anécdota es un chiste de enternecedores alcances y nada más.

Continúo. Ah, pero antes, lo del ambiente intelectual lo puse porque gracias a eso pude apreciar que en el taller este no había tal: el monito se preocupó porque todos nos respetáramos y todo muy bien y críticas constructivas y leyéramos teoría literaria y discutiéramos bien bonito. Uff, si no, la novatada que me hubieran dado, ay sí, pobre de mí, tan inocente.

Ahora sí continúo. Las primeras sesiones pude hacerme wey, intentando salir del paso haciendo un poema (según yo) con el único objetivo (qué novedad) de entregar las páginas requeridas. Al fin que el poema pues es chiquito ¿no?, no hay que llenar toda la página, jijijji. Y si lo hago conceptual y vanguardista pues menos palabras puedo poner, ¿no? Hasta podría insertarle signos extraños y monitos. Obviamente, si a la fecha le saco a leer poesía en serio, imagínenme intentando escribirla. No funcionó la táctica de la extensión. Llegando la fecha fatídica, pasó lo de siempre: que funciono mejor bajo enorme presión. Y que me proyecto bien feo, también.

Soñé mi texto. Todo el primer párrafo lo soñé. Y dicho párrafo tenía todo: personajes, tono, estilo, voz narrativa, historia, planteamiento, conflicto, tensión. Palabra por palabra. Y que me despierto y en friega busqué dónde anotarlo tal cual. Y fue tan perfecto que no me corrigieron nada, ni una coma. Incluso ahora lo veo y no me lo creo, está fregón, da el gatazo. Y ya de ahí fue relativamente fácil seguirme como hilo de media, una catarsis muy acá, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Hubieran visto. Fue la conmoción. Una monita dijo que hasta quería llorar de la impresión, otra dijo haber temblado casi hasta el patatús; no se ponían de acuerdo en cuál era la frase que más les había impactado. Otro me comparó con la tragedia griega, háganme el favor. Otro con no sé quién. Otro con Shakespeare, háganme otro favor. ¡Otro con no sé qué pasaje de Dostoievski!!!!! Me llovieron adjetivos, hablados y escritos, como: valiente, honesta, atrevida, arrojada, genial, magistral, sigue así, nunca cambies, felicidades.

Y el monito…bueno, el criterio del monito es aparte. Supongo que le da cierta validez que a sus 33 años el maldito ha ganado todos los premios: el Elías Nandino, el Clemencia Isaura, el López Velarde, el Francisco Cervantes, el Inés Arredondo. Me comparó con Lobo Antunes, que el tono es lo más difícil de lograr en un novela, y yo lo logré desde la primera oración. Que podía tomarse un café con mi personaje. Obligaba a todos a opinar, analizaba todos los matices de mi voz narradora, bueeeno.

Una vez que el taller finalizó, mi pobre intento de novela ha quedado arrumbado. Es que fue horrible escribir esas cuarenta páginas aprox. ¡Cuarenta páginas! No es nada, y sin embargo, me parecieron una eternidad en tiempo y esfuerzo. No dormía bien, todo el tiempo imaginaba cómo pensaba mi personaje, qué diría, qué haría en mi lugar, qué imaginaba, qué hacía, qué la había pasado. Si de por sí así solita ya estoy bien loca…

Fue un desgaste tremendo. Y escribir y reescribir y corregir y volver a escribir y repasar cada palabra, signo de puntuación, leerlo en voz alta, revisar la concordancia, la coherencia, la sonoridad, el ritmo, el significado preciso.

No, gracias.

Sólo confirmé lo que ya sabía: esto de la escribida no es para mí.

p.d. Pero tuve mis quince minutos de soberana popularidad.

p.d. 1 El monito, en un libro suyo que me autografíó, me puso algo así como (es que me da flojera buscarlo): no dejes de escribir, escribes muy bien, sigue adelante con tu escritura. ¿Y qué hago yo, en vez de seguir su sabio consejo? Pues abro un bló. Aplausos de pie, por favor.

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3 respuestas a Un fracaso anunciado, o a lo que lleva la desesperación

  1. huyecorzo dijo:

    “Resulta molesto adolecer de una enfermedad que la gente no comprende. Por lo demás, este mal resulta por eso mismo aún más vivo: no disminuye al comparárselo con otros males, no se es juez de la pena ajena; lo que a uno le contenta a otro le aflige; los corazones tienen secretos distintos, incomprensibles para otros corazones. No discutamos a nadie sus sufrimientos; con las penas ocurre como con las patrias, cada uno tiene la suya propia.”
    Esto es cortesía de Monsieur de Chateaubriand

  2. Lear dijo:

    Mmm, yo más bien veo las cosas al revés. Para escribir, para poder tener libertad ahora de hacerlo, lo que hace falta es leer menos, porque si no uno se ahorca, justo como te pasó a ti. Te ganó lo lectora.

  3. Becca dijo:

    Lear: pues por eso digo. Leer menos, o dejar de leer, implica que antes tuviste el hábito de leer, y mucho. Y yo apenas voy en esa etapa primera, a ver si por ai de los sesenta años puedo empezar a dejar de leer (uy sí, las cantidades industriales de libros que leo, si ya hasta Ratita me regaña porque ya no abro un libro más que por casualidad) y escribiré como esquizofrénica y entonces el mundo conocerá en friega a la premio nobel que estaba esperand…
    Saludos imaginarios de tu amiguis imaginaria.

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