Ahora uso tacones de aguja

¿Qué es más deprimente: que tus amigos de añísimos finjan la felicidad y el éxito extremos; o que te confiesen que su vida actual no es como habían contemplado que la conducirían?

Ricardo Blanco dijo una vez en clase algo que nunca he olvidado: que ser psicoanalista o tener ese tipo de habilidades para conocer al Otro es como ser un médico cirujano. Pero un médico cirujano no va por la calle con su bisturí  extirpando los tumores y otros males a los cientos de enfermitos que caminamos alegremente. De igual modo, el “conocedor” tiene en sus manos un instrumento incluso más peligroso que un bisturí, por eso debe usarlo sólo cuando el paciente quiere y puede y en la intimidad de un diván. Decirle a alguien toda la trastienda que carga a cuestas es como clavarle el bisturí sin compasión. Es peor que matarlo. Eso dijo. Y se me quedó muy grabado.

Se me hizo exagerado.

Pero preferí creerle.

Por las dudas.

Que cada quien sea su propio asesino.

Por eso no te he contestado ni lo haré. Por eso lo escribo en mi bló:

“No he conducido mi vida por los caminos que alguna vez contemplé, estoy lejos de tener en una buena situación” ¿Y eso qué? ¿Te sientes especial por ello, desdichado, digno de compasión? ¿No se te ha ocurrido voltear a tu alrededor y preguntar si acaso alguien tiene la vida que alguna vez contempló tener? ¿La infancia, no es para eso: soñar, imaginar, contemplar y luego creces y bum, qué haces con eso? ¿Te quedas lloriqueando cual plañidera? Y luego ni tienes un verdugo para inculpar. Y si lo tuviste, no lo quisiste enfrentar. Te lo dije: habla, tienes que hablar, tienes que verte en el espejo. Y nunca quisiste o pudiste. Y ahora está empezando a pasarte factura. Empieza. Porque va a ponerse peor, deja te digo.

¿Te has preguntado por qué te liaste con una que podría ser tu madre? O sea, pudiste ser un poquito original, al menos. Y te trata de la chingada enfrente de amigos y de tu propia familia. No quiero imaginarme cómo te trata a solas. Sabes que si hay algo que me caga la madre es no tener dignidad. Yo también te trataría igual y peor, por wey.

¿Cómo te explico que te están viendo la cara bien y bonito? Que la vejeta esa te está exprimiendo todo tu gran sueldo. Que con eso podrías vivir holgadamente, irte de viaje por el mundo, o pagar todas las posesiones que exige la vida moderna, o seguir estudiando; pero claro, elegiste mantener a esa zángana.

Que no sabes la tristeza e inmensa compasión que me provoca la inocente criatura que, claro, tuviste sin quererlo ni planearlo ni nada. Para la que fuiste el humilde e ignorante aportador de esperma, y ahora su fuente inagotable de dinero. Que la pobre va a necesitar ser muy pero que muy fuerte para sobrevivir con unos padres como ustedes. Y la veo y no sé si lo vaya a lograr. Todavía no puedo. Pero apenas tiene un año y ya está dañadísima: “tráele esto y aquello, ¡dale ese cuadro ese ese que lo quiere ahora mismo, te lo está pidiendo, dáselo! ¡A ver tú, acércate que la niña quiere tocarte!” No creo que haya fuerza humana capaz de sobrevivir a tal perversidad.

¿Dices que la quieres que la amas inmensamente? Por favor, si lo hicieras, empezarías por dejar de ser tan patético. La niña te va a odiar. Te lo digo yo. Y más vale que lo haga, en vez de identificarse contigo. Más vale que lo haga. La figura materna puede fallar o faltar o matar, y no hay gran desastre. Pero cuando la figura paterna falla de alguna manera, causa los peores desastres en una mujer. Pobre. Las clásicas historias de como mi papá no me quiso, no merezco que ningún hombre me quiera, o como mi papá fue alcohólico o golpeador o estúpido, me busco uno igual, o como mi papá fue todo lo anterior, odio a los hombres y ya no puedo relacionarme sanamente con ellos, o o o…

Cómo te explico que escribir Madre con mayúscula es como para echarse a correr.

Y cómo te explico que nada de lo anterior me interesaría negativamente si tú siguieras luchando.

Cómo te explico que no me importa cómo te vaya, me importas tú. No quiero que seamos iguales, ni que pensemos igual. Te acepto o me esfuerzo al menos. Y tú, más de siete años después, sigues preguntandome lo mismo cada vez que me ves,  forzando el tiempo cuando eso quedó años tras, por dior.

Como te explico que ya no soy la misma, y está bien. O no está mal ni bien, solo he cambiado porque han pasado años, y punto. Porque así es,  y punto. Porque he crecido y ya no me veo igual. Tal vez por eso no me reconoces.

Tenemos la misma edad. ¿Sabes lo maravilloso que podría ser que siguiéramos caminando juntos? Que juntos, de estudiantes, hubiésemos llegado a la estación del trabajo, del trabajo para vivir, del dinero para vivir, del amorts, de las relaciones de pareja, de los miedos, de vivir solos, de yo casarme y tú soltero, de tú a la estación de padre y yo a la crisis del tercer piso? Pero te quedaste. Siete años después sigues preguntando lo mismo. Supèralo. Hay mil cosas más que podrías preguntarme.

Me pregunto: ¿ puedes aceptar todo eso? O me mirarás y lamentarás que la que conociste ya no esté. Pero sí está, gracias a ella estoy aquí.

¿O querrás seguir hablando eternamente de Kant de Kant de Kant? Ah, no, olvidaba que también hablas de Hegel de Hegel de Hegel. ¿Sabes que para hablar de uno y de otro también hay que hablar de literatura, de cine, de historia, de música, de lo que me pasó ayer, de lo que soñé, de la tele, del internetz, de la moda, de mis tacones altísimos, de la Vida?

Por cierto, gracias.

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3 respuestas a Ahora uso tacones de aguja

  1. MMM dijo:

    Díselo por el bien de la niña y de él mismo, un amigo me dijo tú necesitas unas nalgadas o unas palmaditas en la espalda.

    Un abrazo metiche

  2. herr Boigen dijo:

    Qué fuerte, Sabandija. Identifiqué tantas cosas en esa respuesta tuya en un conocido mío que hasta a mí me dolió.
    Saludos

  3. Becca dijo:

    MMM: gracias por comentar. El problema es que casi nadie escucha a los demás, si primero no se escucha a sí mismo. Serían palabras en saco roto. Y sólo me ayudaría a tranquilizar mi conciencia, nada más.
    Lo pensaré de todos modos
    Saludos

    Boigen: saludos de regreso

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