Quiero ir a Rusia

Los últimos días no he tenido internet en la compu de forma regular, así que he vivido en la desesperación total. Tanto así, que antier, después de varias horas de intentar conectarme y nada,  con todo el dolor de mi corazón y tomando aire para “agarrar” valor, pues que tomo un libro entre mis manos, ¡oh, no no no no perdón pero es que no supe qué más hacer!

Imagínate, cuando al fin acepté que nomás no iba a conectarme, me quedé pasmada.

¿Y ahora qué hago?, era la pregunta. Tal era mi vacío existencial que ni la tele me proporcionaba consuelo. Fue horrible. Miré a mi alrededor con la desesperación de un drogadicto en crisis, ¿y ora qué hago con mi sola compañía? Y entonces la única opción para acallar mi conciencia era un libro. El que estaba a la mano: Del dolor y la razón, de Joseph Brodsky:

VIII

Un día, cuando tenía quince o dieciséis años, estaba yo sentado en el patio de un gran bloque de apartamentos, introduciendo clavos en una caja de madera llena de todo tipo de instrumentos de análisis geológico que iban a ser transportados por mar al Lejano Este (soviético)… como iba a ocurrirme a mí años más tarde. Era a principios de mayo pero hacía mucho calor y me sentía mortalmente aburrido y sudoroso. De repente, de una de las ventanas abiertas del último piso me llegó la canción A-tisket, a tasket, en la voz de Ella Fitzgerald. Estábamos en 1955 o 1956, en una mugrienta zona industrial de las afueras de Leningrado, en Rusia. ¡Dios mío -recuerdo que pensé-, cuántos discos habrán tenido que editar para que uno de ellos haya llegado aquí, a este rincón perdido de ladrillo y cemento, entre sábanas y calzoncillos azules que más que secarse se llenan de hollín! En esto consiste el capitalismo, me dije: en vencer por exceso, por saturación. No con planificación central. Con metralla.

IX

Aquella canción yo ya la conocía, en parte gracias a mi radio, en parte porque en los años cincuenta todo joven urbano disponía de su propia colección de la llamada “música hueso”. Llamábamos “música hueso” a una copia casera de música de jazz dentro de una funda hecha con una radiografía. Ignoraba por completo el procedimiento de copia pero debía de resultar relativamente sencillo, pues el suministro era continuo y a un precio razonable.

Este objeto, de apariencia bastante morbosa (¡en la era nuclear!), se podía conseguir igual que aquellas fotos de color sepia de las estrellas del cine occidental: en los parques, en los lavabos públicos, en mercadillos y en los entonces famosos “salones de coctel”, donde uno podía sentarse en un taburete a tomarse un batido y tener la sensación de hallarse en Occidente.

Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que aquello era de verdad Occidente. Pues en la balanza de la verdad, la intensidad de la imaginación sirve de contrapeso a la realidad, y a veces pesa más que ella. En este sentido, y con la perspectiva del tiempo transcurrido, me atrevería a afirmar que los verdaderos occidentales, quizá los únicos, éramos nosotros. Con nuestro instinto para el individualismo, favorecido en todo momento por nuestra sociedad colectivista, con nuestro odio a cualquier forma de afiliación, ya fuera un partido, una asociación de vecinos o, en aquella época, la familia, éramos más norteamericanos que los propios norteamericanos. Y si América representa el límite externo de Occidente, allí donde acaba Occidente, nosotros nos hallábamos, debo decirlo, a unas dos mil millas de ese mundo. A mitad del Pacífico.

X

A comienzos de los años sesenta, cuando la insinuación, empezando por el liguero, emprendía su lento éxodo del mundo; cuando cada vez más nos veíamos condenados, sin otra opción, al panty; cuando los extranjeros habían ya empezado a aterrizar de forma constante en Rusia, atraídos por su barato pero intenso perfume de esclavitud; y cuando un amigo mío, con una sonrisa ligeramente despectiva en sus labios, comentaba que la alteración de la geografía requería quizá la intervención de la historia, una chica con la que yo salía me regaló para mi cumpleaños una colección de fotografías, en forma de acordeón, con vistas de Venecia.

Pertenecían, me dijo, a su abuela, que había ido a Italia en su luna de miel, poco después de la Primera Guerra Mundial. Componían la colección doce postales de color sepia, en papel amarillento de mala calidad.

(…)

La ausencia de color y la oscuridad general de la textura sugerían lo que yo quería que sugirieran: que era invierno, la estación más real del año.

En otras palabras, aquella textura y su consiguiente melancolía, tan parecidas a las de mi paisaje natal, hacían aquellas fotos más comprensibles, más reales. Era casi como leer cartas de parientes. Y yo las leía y las releía.

(…)

Y mirando esas postales me prometí que, si alguna vez conseguía salir de mi país natal, iría a Venecia en invierno, alquilaría una habitación en una planta baja, junto al agua, me sentaría allí, escribiría dos o tres elegías, apagaría mis cigarrillos en el suelo húmedo para oír su leve siseo, y, cuando estuviera a punto de quedarme sin dinero, no compraría un billete de vuelta sino una pistola barata, y, acto seguido, me volaría los sesos. Una fantasía decadente, por supuesto… pero si a los veinte años uno no es decadente, ¿cuándo va a serlo? Sin embargo, les agradezco a las Parcas haberme permitido cumplir la mejor parte de aquella fantasía. La verdad es que la historia está contribuyendo lo suyo a alterar la geografía. La  única manera de luchar contra ello es convertirse en un proscrito, en un nómada: una sombra que acaricia brevemente las delicadas columnatas, semejantes a encaje, reflejadas en el cristal del agua.

————————————-

Y así va.

Y eso me recuerda que debo volver a leer como antes.

Leer “los clásicos”.

Leer y releer a los malditos rusos que son ooooootra cosa.

Que el primer libro que leí a los seis años fue Infancia, de Gorki. Si han leído cómo empieza, comprenderán por qué crecí traumada para toda mi existencia.

Releer Un día en la vida de Iván Denisovich

Y conseguir la edición completa de Archipiélago Gulag

Y ya.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros y lecturas y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Quiero ir a Rusia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s