Perra ciudad, te amo

Querido bló,

pues el otro día fuimos al defe y medio nos dimos una vuelta por la morelos, rumbos por los que me gustaría adentrarme más, (tú sabes por qué ejerce una atracción, algo con el padre y esas cosas harto originales). Fue sólo un momento, que teníamos poco tiempo; y en lo que esperaba a Ratita, que saco esta foto (bueno, le saqué varias, pero esta es la menos pior):

Perdonarás la foto tan pinche, pero apenas estoy incursionando en esto, mi cámara todavía es física cuántica para mí (y eso que es de las “chiquitas”), o sea que nomás doy para apretarle el disparador y párale de contar, lástima de las 8mil funciones que tiene, jijji (ay por cierto está prácticamente nueva y ya la traigo bien descuidada, aventada sin estuchito en mi mega bolsa entre mil chingaderas más y una que otra rata muerta, prometo enmendarme (con la cámara comprándole estuchito, que no lo hice porque según yo se lo iba a realizar con mis propias manos, pero es obvio que no será en este año); no con las ratas ni con las chingaderas (ay hasta que se me hizo abrir paréntesis en los paréntesis)).

Otra excusa para lo chafa de la imagen es que me da mucha pena eso de sacarle fotos a la gente, ¿cómo se le hace para que no se den cuenta? ¿o no importa que se den cuenta? ¿y si te reclaman, te golpean o te quieren quitar la cámara? ¿o estoy muy paranoica?, y si les pides permiso pues ya no tiene chiste…;  pero el pequeño detalle es que justamente la gente es lo que me llama más la atención. Me gustaría retratar y retratar.

Se aprecia que el monito es indigente, drogadicto y anexas. No sé qué estaba cotorreando con los monitos expertos en el arte de estampar playeras ahí en plena banqueta. Y luego que va a la tienda de ahí enfrente (o junto a mí), y luego que regresa. Y otra vez. Y que me da más curiosidad y que me asomo más. Los monitos estampadores le dan una playerita con motivos hipiosos, no alcanzo a ver qué le estamparon. Vuelve a entrar en la tienda. La dependienta le está doblando y embolsando una playerita de bebé, esas de algodón y mangitas largas, con una sonrisa entre tierna y complaciente. O sea, no sólo consiguió la playerita, sino que le puso lo hipioso y además le estampó ¿un nombre, un dibujito, un número? Él, muy contento, con sonrisa de oreja a oreja, toma el paquete y sale de la tienda, estoy en su camino. Lo veo a los ojos tímidamente, con ganas de llorar, trato de sonreírle levemente, con humildad. Me mira un instante nomás, interrumpo su felicidad, estoy loca.

Pasa y se sigue de largo con paso decidido.

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