Lastre

Me gusta tirar la basura. En la colonia donde vivo, el camión pasa tres días a la semana; donde vivía antes, pasaba dos veces; en el defe, hasta dos veces al día. Me pregunto si habrá gente que mida sus actividades de la agenda con el referente de cuáles son los días de sacar sus bultos de basura a la esquina.

Porque ahora son bultos, bolsísimas, costales. En el pueblo hasta pueden dejar sus botes enormes afuera, el camión lo vacía y lo deja en la banqueta hasta que su dueño lo meta a la casa horas después. Las primeras veces que los vi buscaba con la mirada la cadena, la alarma, el lacito aunque fuera, o la mirada vigilante tras las cortinas pendientes de su bote; pero no, efectivamente permanecen solos en la calle. Pero volviendo a los bultos de ahora, eso me recuerda que cuando era niña, mi abue tenía un bote de lámina de 20 litros para la basura, viejo, oxidado; y nunca lo llenaba. A veces me mandaba a tirarla: unos tres puñaditos de polvo y párale de contar. Y eso que se dedicaba todo el día a limpiar, cocinar, lavar. ¿Por qué nos estamos ahogando en la basura? Generamos toneladas y toneladas a diario, qué horror.

Pero confieso que cada vez que tiro la basura, me viene una sensación de satisfacción. Desde que la meto en las bolsas, las cierro, las alisto para sacarlas de la casa. A veces incluso me entra un afán, tomo una bolsa vacía y recorro la casa en busca de basura de último momento, basura fugitiva, con la que llenarla, como si la vida me fuera en ello. Siento que me quito un peso desagradable de encima, lo que me sobra, lo que me pesa, miedos, obstáculos… Sólo falta organizar lo que queda, pero al menos lo malo lo inservible ya no está. Como si sacándola de la casa desapareciera como por arte de magia…

Es como quedar libre momentánea y aparentemente.

Seguramente tiene que ver que en la casa paterna los objetos se acumulaban  en todos lados, sin peligro de ser exiliados. Mis padres acumulaban todo:  cajas, papeles, periódicos, juguetes, botes, utensilios, madera, en fin, no podría enlistar todo por interminable. No sé qué complejo de acumulación tendrían, no tiraban casi nada, los desechos orgánicos los reciclaban en composta y lo inorgánico se quedaba en su mayoría. Bandejas hechas de envases de plástico y vidrio, trapos para limpiar de ropa vieja, y lo que no tenía otro uso pues simplemente ocupaba la mayoría de espacio.

Cómo me hubiera gustado poder tirar todo. El camión pasaba dos veces al día, avisando con su campanita, y yo sin poder tirar nada, porque ahí los objetos gobernaban y no era mi lugar, mío de mi propiedad.

Qué alivio -no excento de dolor, sin embargo- poder construirte, construir tu lugar, disponer, comprar, usar, tirar, desechar lo que tú quieras y puedas. Tener tu espacio, decidir qué conservas y de qué te deshaces o simplemente apartas.

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