Refugio, Chateaubriand y la memoria

Tengo un refugio: la biblioteca. Es un lugar muuuuy tranquilo (como el resto del pueblo),  apropiado para leer.  Lo malo para los pueblerinos es que está lejos, en medio de la nada y sin transporte público cerca. Así que,  para variar, la memoria no es para todos.  De por sí ya nadie lee, y con estos incentivos, menos. Como que dijeron: ¿Dónde podemos tener una biblioteca lo más lejos posible para que a nadie se le antoje ir y si a alguno le quedan ganas, no le alcance el dinero para pagar el pasaje y a la salida camine horas hasta llegar a la avenida, y ojalá que en el camino lo asalten porque el lugar está desolado? Pues aquí.

Felicidades, lo lograron. Porque para tamaño edificio, hay cuando mucho diez monitos por sala en horas pico. Y de esos diez, dos están haciendo tarea copiando párrafos enteros de los libros, y ocho están con sus laps aprovechando la señal gratuita de internet.

Los libros de los estantes ni quién los toque; de todos modos no hay mucho que valga la pena, casi nada, de hecho. He encontrado uno que otro título interesante, pero no hay más de un ejemplar, así que no pueden salir a domicilio.

Yo llevo mis libros y uso sus salas para leer a gusto y a mis anchas. (pueblerinos: ya no sean nacos, vayan a leer que ahí está todo lo básico de la literatura clásica, en ediciones chafitas, pero está;  no vayan nada más a usar internet, que el pinche edificiote está vacío). Tengo lugares de sobra dónde escoger para aplastarme a leer, dependiendo de qué vista quiero tener al fondo, como ésta:

Pa’ donde voltees el paisajote hasta el horizonte, si no t¡enes coche, te jodes, a ver cómo le haces para llegar. Desde aquí se alcanza a ver a unos cuantos heroicos que se acercan caminando (ah, ya caigo: ¡es una pinche prueba para los que de verdad aman la lectura, claro!). En este clima desértico horroroso, en el día soleado llegan insolados los pobres, o ya están acostumbrados. Yo no aguantaría ni diez metros, pinche sol pueblerino, quema espantoso, a veces incluso a través del parabrisas. O en las tardes y en las mañanas, no se diga por estas épocas, llegan congelados, el viento gélido que silba estruendosamente sin obstáculos pareciera que en cualquier momento los va a levantar por los cielos.

Bueno, el caso es que está poca madre como espacio para leer tus libros, reflexionar mirando el paisaje, o quedarte horas en la lela, o te despejas viendo el interné, subes cosas a tu blog de vez en cuando, jijiji, y sigues leyendo:

“Una cosa me humilla: la memoria es a menudo un rasgo distintivo de la necedad; es propia generalmente de los espíritus lerdos,  a los que vuelve más pesados aún por el bagaje con que los sobrecarga. Y ello no obstante, ¿qué seríamos sin la memoria? Olvidaríamos nuestras amistades, nuestros amores, nuestros placeres, nuestras ocupaciones; el genio no podría reunir sus ideas; el corazón más afectuoso perdería su ternura si dejara de recordar; nuestra existencia se vería reducida a los momentos sucesivos de un presente que discurre sin cesar; no habría ya pasado. ¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria.”

Chateaubriand, François de: Memorias de ultratumba, Acantilado, 2007, Tomo I, pp. 67-68.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sabandija y el pueblo y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s