Desvaríos

Querido diario,

A principios del mes fuimos a cu a ver las ofrendas. Tomé algunas fotos con la cámara viejita, cuyos rollos ya no venden en ningún lado, maldita tecnología. Siempre me gusta visitar el campus,  la biblioteca central es bellísima, ahora no puedo creer que me la haya vivido ahí durante años, en la sala principal de la planta baja, con las islas de fondo a través de los cristales.

Pero volviendo a las ofrendas, no hubo alguna que me gustara de forma especial, la de no sé qué facultad tenía horrendas faltas de ortografía del tipo haver y velleza. Y luego me dieron ganas de ir al baño y no había otros más que los de la Central, pero en la entrada nos negaron el paso a todos los visitantes, tuve que ir a la gasolinera en av. Universidad. Lo que estuvo fantástico fue la comida. Había muchos puestos, de tamales normales y vegetarianos, garnachas, huaraches gigantes, atole, esquites (riquísimos), elotes, tortas, crepas, chicharrones, pastelillos, café (ash, de acordarme ya me dio un hambre…). En todos había filas kilométricas, las multitudes hambrientas abundaban, y yo me tardé años en decidirme qué tragar en medio de tantas opciones.

El caso es que me formé en la fila de un puesto tamalesco, y cuando ya me iba a tocar, la monita de atrás se me adelantó (yo tan sope nunca protesto ni proporciono codazos a diestra y siniestra). Me limité a pensar consoladoramente: “ha de ser del pueblo de diez casas, con semejante educación. Qué ganas de ganar en estupideces como meterse en la fila, démosle chance”. Esperé pacientemente a que la despacharan: ¿de qué sabores tiene?, ¿y el atole, de qué es?, ¿cuánto cuestan? “ash, encima una muerta de hambre, qué es eso de preguntar cuánto cuesta un tamal antes de pedirlo”. Medio la miraba de lado, de reojo y de la cintura para abajo, zapateando mentalmente la punta del pie, cuando de pronto algo me llamó la atención, tal vez su voz… y que voy advirtiendo que conozco a la monita, la miro ya con atención, analizo su vestimenta, tiene la misma jeta aunque con monumental papada, ya está francamente gorda y deforme, y la acompaña el mismo monito de hace años, de cuando entró a la carrera…

Fue raro verla de nuevo, después de tantos años. Somos de la misma generación de filosofía, pero después del primer año nos dejamos de ver porque yo preferí las clases vespertinas y concernientes a literatura, antropología, estética; y ella se consagró a la filosofía política. Por cierto, un día, para despejarme, merodeé en la sección de la biblio donde están las tesis, fisgoneé la suya de licenciatura (ella se tituló en chinga, sin problema alguno) y debo reconocer que era una chingonería (para continuar con el adjetivo tan útil y acomodaticio). Era un mamotreto, no recuerdo cuál era el tema exacto de filosofía política que abordaba, pero ponía: para llegar a x recordemos que Habermas dice…y venía un capítulo enorme completo explicando perfectamente a Habermas, y así con Benjamín, Adorno, Horkheimer (bueno, toda la escuela de Frankfurt), Apel, Rorty, Marx por supuesto, y anexas,  y así, para al final exponer su tema magistralmente. Sobra decir que me deprimí horrible cuando la hojeé.

Volviendo a la monita, fue como verme en un espejo, de ahora y de antes simultáneamente. ¿Los resultados? No lo sé. ¿En dónde nos encontramos actualmente? ¿Habremos logrado nuestros sueños, metas? ¿Estamos donde pensábamos que íbamos a estar hace cinco, diez años? Yo definitivamente no, pero entre tanta queja sabandijesca mi vida me gusta, aunque usted no lo crea, digo, estoy consciente de que me va muy bien, aunque mi sabandija lo vea todo negro (aunque eso de decir “me va bien” siempre implica bien en relación a algo, o sea que requiere de una comparación con los demás, y si necesito mirar en derredor es que ya no estoy tan a gusto conmigo misma y por eso necesito referencias y… ash). Lo que pasa es que mi estado perenne y natural es que nunca me guste nada, y años después volteo y me digo: pero si entonces era feliz, y no lo sabía…

Pero no hablemos de mí, que las cosas hablan por sí solas. O sí hablemos, pero a través de la monita y los recuerdos. Me acuerdo que en ese primer año ella y compañía me invitaron a un círculo de estudio, sobre filosofía política, claro. Acepté con entusiasmo de novata e ingenuidad sin fin y avidez de conocimiento. Reconozco que eran unos doctos en la materia, había monitos de otros años y de otras carreras, y habían leído todo lo leíble al respecto. Y yo apenas era un renacuajo cuyas lecturas habían sido de todo menos de política. Alguna vez uno, precisamente de políticas, creo, de plano dijo: “pues a mí me dijeron que esto era un círculo y en un círculo todos somos iguales y todos aprendemos de todos y todos deben participar”, y me miró fijamente. Gulp. Sorry por no tener nada que aportar al conocimiento universal.

Pero bueno, fue el único con tolerancia cero, y no duró mucho, porque era miembro del ¡partido comunista! (qué impacto que existiera o exista algo así todavía, al menos en nombre) y lo mandaron a Francia o Inglaterra a un curso para continuar su formación rojilla y salvar al mundo. Alguien me pasó el chisme que eso del partido era su modus vivendi, y además de vivir de su afiliación, ya había ido a Rusia, Alemania y anexas, en misiones de preparación intelectual súper acá. ¿Hay algo más deprimente que enterarte de algo así? Qué año tan raro fue ese mi primer año de facultad. Sí, el monito cuyo nombre no recuerdo ni quiero hacerlo, sabía a montones, y era una enciclopedia andante, y tenía “experiencia política” y blablabla, pero por lo visto no le sirvió de nada, al menos de nada de lo que él decía buscar. No lo he vuelto a ver ni a saber de él, pero ciertamente el mundo no ha sido salvado por él ni por nadie, de hecho está mucho peor, y sus fantasías mesiánicas (del monito, que no del mundo, espero) y la igualdad y libertad y fraternidad pues quién sabe qué son y a quién diablos le interesa.

Afortunadamente recapacité pronto, la onda mesiánica en su faceta bienbienbienbienintencionada, definitivamente no es lo mío, y me salí. Aprendí mucho, y no sólo de teoría política, aprendí de ellos, gracias mil; prácticamente todos, menos el rojillo profesional, eran buenas personas y practicaban los valores que pregonaban: compartían el pan, el vino, el conocimiento, pensamiento crítico, etc., pero esos rollos siempre me han dado desconfianza. ¿Y era yo la ingenua?

Ya estoy desvariando nuevamente. La monita tamalesca conoció ahí al monito que la acompañaba, se enamoraron perdidamente, y al parecer continúan juntos. Era una relación medio extraña, como que ella era castrante, no lo soltaba a sol ni a sombra, no permitía que hablara con otra mujer ni mucho menos que viera a nadie más, y él se sometía mansamente. Recuerdo que me miraba con ojos de odio infinito como si se lo fuera a quitar, nada que ver…

Otra onda que ella tenía, acorde con el mesianismo, era, claro, ¡el feminismo! La sociedad odia a las mujeres y nos convierte en meros objetos sexuales, nos domina con el consumismo y con las portadas de revistas y con la talla cero y blablabla. Todo es una conspiración maldita contra nosotras, pobres. Entonces, el diablo mismo encarna en la moda, el maquillaje, la delgadez, el coqueteo y las posesiones materiales. Veo que sigue con lo mismo, porque como ya dije, advertí que tiene como veinte kilos de más, cara lavada, vestida con dejadez absoluta, pero no, no es cualquier dejadez, es la que dice: ve cuán profunda, intelectual, librepensadora y crítica soy, que no me importa nada mi apariencia. Y todas las que nos preocupamos por el aspecto somos unas taradas enajenadas víctimas de la conspiración capitalista feminicida. Bueno, sí, ¿y?

Y ya, eso fue lo que pasó. Repito, fue raro. Me vinieron recuerdos que ya ni sabía que tenía.

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