De puntualidad y otras cosas

Qué bien se siente llegar a tiempo al  trabajo. Desde salir con calma de casa, sacar el coche sin prisas, revisando que llevo todo lo que necesito. O mejor, desde bañarme con calma, vestirme con cuidado y premeditación, y p e i n a r m e (esto de la peinada y el cabello da para otro post, pero después, porque es todo un tema). Por lo pronto diré que, a mis 30, comienzo a medio dominar el arte de la peinada con mi horrible cabello, pero sólo con el cepillo térmico, y sólo a un año de haberlo comprado, después de la secadora, mil cepillos de todas formas, materiales y tamaños, planchas, rizador, etc.

El caso es que qué bonito tener el tiempo para peinarme con calma. Y salir con calma, manejar con calma, sin preocuparme de los semáforos en rojo, contando los segundos, calculando carriles y movimientos para ir más rápido, anticipando. Y llegar al trabajo con tiempo para checar después de estacionar bien el coche y bajar todas mis enseres. Lo malo es que puedo contar con lo dedos de una mano las veces que he logrado tal proeza, me odio, soy un fraude, jijiji.  Qué ganas de complicarme la vida, mugrosa Sabandija. ¿Será que busco alguna emoción, porque le falta a mi vida? Ñeeeee. Sencillamente se me hace tarde, la puntualidad nunca ha sido mi fuerte, y menos cuando el trabajo es desmotivante (¿existe la palabra?) en el factor humano. “Factor humano”, parece frase barata de cursos gringoides, pero al menos he aprendido que lo más importante en un entorno familiar, laboral, profesional o lo que sea, es el factor humano, el trato, las relaciones personales, que sean positivas, que te hagan crecer, sentirte bien, comprender, hablar, escuchar, el desarrollo de personal.  En mi caso, que no soy la sociabilidad precisamente, no es que quiera hablar con medio mundo. Pero el hecho de estar en un lugar agradable, un ambiente positivo, sin mala vibra, donde los valores no estén tergiversados ni pervertidos, ya sería una gran diferencia. A veces hay que conformarse por estar bien con uno mismo y luchar por ello.

Eso me recuerda a cuando yo trabajaba en Larousse en la mañana, y en la tarde iba a la facultad, y al terminar las clases, todavía nos íbamos mi ahora esposo y yo a un café o a Coyoacán o a los tacos. No sé cómo aguantaba. Entraba a las nueve a Larousse, y llegaba temprano. Y eso que todavía era hora pico, tanto si me iba en coche como si me iba a patín (era peor en coche, de hecho). Para llegar a pie tenía que tomar un micro al metro. Normalmente se hacía 10 minutos, pero a esa hora en primer lugar era un triufo poder subirme porque pasaban llenísimos. Cuando lo lograba, era horrible la aglomeración, y se tardaba media hora en llegar al metro. Ahí, otro viacrucis. Eran poquitas estaciones para llegar a Balderas, pero atascado y se detenía en las estaciones mucho tiempo. En Balderas tenía que transbordar para bajarme en Cuauhtémoc, una mugrosa estación y era horrible! El metro pasaba llenísimo, tenía que esperarme como diez minutos (¿por qué pensaba que esperando al siguiente tren ya por eso va a ir menos lleno?), ya que  me dan pánico las aglomeraciones, viendo cómo la gente se subía a la fuerza empujando con todas sus fuerzas.  Ya en Cuauhtémoc tenía que caminar una cuadra y llegaba como si nada, después de mi odisea de una hora en un trayecto que en otro horario me hacía en media hora. Pero el caso es que llegaba a tiempo, con mis topers de comida y mi mochila y salía como a las 2 o a las cinco, dependiendo de a qué hora tuviera mis clases.  La mayoría de las veces me iba en coche, porque daba lo mismo en tiempo pero era más cómodo y en la noche la regresada era rapidísima.

Qué tiempos aquellos. Qué bien me la pasé en esa chamba, buen ambiente, buen pago, cero mala vibra, cero malviajes con el dinero, buen equipo de trabajo, en las rutas críticas comíamos y medio dormíamos juntos, platicaban, bromeaban, fetejábamos cumpleaños, restaurantes en la Roma, Condesa, Chapultepec, tacos carísimos de no sé dónde…

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