Apariencias

Gran Espalda aparece por la puerta, con su cuerpo asqueroso, sus rollos colgándole, su culo minúsculo y ridículo, su cara aplastada igual que su cerebro, sus cachetototes de perro. Me mira (cuando se digna a hacerlo, claro, o cuando no le queda otra opción dada la situación espacial) con su gran superioridad corpórea a través de sus ojos zorriles, sonríe condescendientemente y me saluda con hipocresía infinita. Cuando le contesto, se ríe descaradamente, como burlándose. ¿De qué, pienso yo? ¿O será que vio su reflejo en el vidrio y notó lo ridículo de su presencia, su vestimenta gatuna que resalta su asquerosidad y sus omnipresentes defectos, su falta de clase, estilo, educación, belleza, cultura, honestidad? Viendo semejante mala leche, ¿es tan grande su desdicha, su origen lumpen que-todo-lo-debo-obtener-a-golpes-odios-rasguños, su frustración, su nula autoestima que oculta bajo esa falsa y patética superioridad?

Porque Sabandija sabe, intuye, observa, deduce, conoce muchas cosas de la gente con sólo mirarla -sí, como la película, qué hermosa peli, de las que más nos ha gustado en la vida, Sabandija-, uff, si hasta con base en sus agudas observaciones de la condición humana mundanil se avienta predicciones que en un 99.764 han resultado ciertas: “fulanito se va a divorciar, a x le pega su marido, la hija de y se va a embarazar antes de los 20 años, z va a salir con un patán muerto de hambre casado y con hijos que le reafirme la escoria que ella es”…

¿Gran Espalda sabrá que Sabandija sabe y por eso la odia? ¿Tendrá la sinapsis suficiente para darse cuenta? Quizás sí, porque no es precisamente cuestión de neuronas, sino de intuición. Debe intuir que Sabandija observa y conoce, y por eso no la soporta. {Ay, pobre de Sabandija que en este momento ve pasar a Gran Espalda y sufre de contaminación visual: blusa horrible color indefinible pero con el cual su piel se ve más amarillenta que de costumbre luce-espalda-de-camionero porque no cualquiera tiene esa espalda ¿a que no?, jeans de corte y color espantosos, botas de piso cafés de caña larga modelo horrible de gato con botas que le acortan más las patas y le alargan más su descomunal torso y…para finalizar con el atentado visual: bolsa de plástico imitación charol ¿o charol imitación plástico? GUINDAAA! y con grabado tipo cocodrilo (guauuuu, ti-po-co-co-dri-lo, Sabandija, ¿te fijas?) que balancea delante de Sabandija con el orgullo que proporciona la temeridad de la ignorancia, como si de la gran posesión se tratara. ¡Claro! Le tiene que presumir a Sabandija que ya cambió su bolsa de poliéster color uva por una de plástico charol que, a juzgar por la estampa de Espalda, pensará que es el pináculo de la elegancia, coquetería, clase y anexas}. Y esta reflexión hace sentir inmensamente culpable a Sabandija, que justamente hoy estrena una bolsa de piel Tous de color azul con café pre-cio-sa, grande para poder cargar todas sus madres, elegante, sobria, careeeeésima, que no sólo combina perfectamente con su informal atuendo sabatino, sino que además le aporta la elegancia discreta adecuada.

Después del ataque repentino de culpa, Sabandija recapacita y se reconforta.

Sabandija se consuela ¿qué culpa tiene de que la vida de Gran Espalda sea miserable? Nadie más que Espalda es responsable de que ésta no tenga dignidad, de que esté fea y taz, de que no se sepa vestir, de que su novio y actual esposo la trate con la punta del pie, con desprecio infinito y Sabandija sabe que hasta la golpea; no a madrazos ni con golpizas sangrantes, pero sí unos buenos bofetones, jaloneos y empujones. La humilla. Sabandija ha visto cómo Gran Espalda llora, ruega, se arrastra clamando porque él la quiera. Gran Espalda lo quiere (claro, porque así es el amorts ¿no? sufridor, machista, asfixiante), él es un patán pero el gran amor de ella lo cambiará, lo hará recapacitar y en un futuro lejano él se dará cuenta de que siempre la ha querido, y que sus malos tratos han sido un error. Pedirá perdón. Ella llorará, lo perdonará y serán felices para siempre.

Pero mientras eso sucede, Gran Espalda es infeliz, su esposo le ha puesto el cuerno innumerables veces desde que eran novios, la mira con asco, le dice que está horrible, que tiene una espaldota fuera de serie y se rehúsa a renunciar a su vida de soltero. Pero no importa: Gran Espalda, al fin, después de seis años de martirio novieril -periodo no lineal, porque él la cortó varias veces ¡infructuosamente!: no contaba con la astucia de Espalda, quien a fuerzas de arrastrarse cual gusano, lograba una y otra vez reanudar el idílico romance-, logró que él aceptara casarse. Tanto sufrimiento, ruegos, presión, plegarias, lágrimas e infinita paciencia femenina digna de los consejos de sus abuelas machistas trepanadas del cerebro, dieron fruto. ¡Al fin es una mujer casada! Prueba absoluta de que Gran Espalda tiene razón, y de que sus planes se están llevando a cabo tal y como ella desea. Uff, ya casi empezaba a dudarlo, porque a sus veintitantos, Gran Espalda ya temía horriblemente quedarse a vestir santos. Recuerda, Sabandija, que Espalda vive en un pueblo rabón de diez casas, y no se le ocurre otra meta primordial más allá de casarse y tener hijitos con el hombre de sus sueños. Ya ocupa un lugar respetable ante la sociedá. Ahora, más que nunca, Gran Espalda debe esforzarse en mantener sus ojitos bien cerrados ante los inconscientes actos de su esposito. Debe esforzarse para no reclamarle nada, ser una mujercita abnegada, paciente, callada, sufridora. O sea, la esposa perfecta ¿no?Al fin y al cabo, el hombre es hombre, y nosotras nada podemos hacer.

Además, Sabandija sabe que Gran Espalda sabe, contra todas las apariencias, que es fea y gorda; y que tiene que interpretar un papel, al igual que en su faceta de esposita. Y Gran Espalda sabe que Sabandija sabe que actúa. No es que Sabandija sea adivina, es que sabe distinguir la arrogancia de la baja autoestima encubierta y  la vanidad de los complejos. Y también nota que, aunque Gran Espalda se pavonea,  a veces tiene que usar fajas incomodísimas que oculten un poco sus gordas carnes, pero que también le sacan otros gordos. Que cuando se sienta, tiene que poner ambos brazos, fingiendo estar cruzados, sobre su voluminoso vientre, con las manos extendidas, y ni así logra cubrir sus rebeldes llantas. Que con la ilusión de engañar, viste chalecos enormes acojinados o suéteres y chamarras XXL, acentuando su figura taz. Que camina muy derecha, extremadamente derecha, tanto, que su espalda se arquea  hacia atrás tremendamente, con el objetivo de que sus llantas, que además son asquerosamente flácidas y se niegan a contraerse, se estiren un poco y no se vea como oruga. Que menea su plano trasero con gran exageración y sonando aparatosamente los tacones, para desviar astutamente la atención a la parte inferior del cuerpo, que Espalda juzga que es lo mejor de su anatomía.

Sí, Gran Espalda es infeliz. Sabandija tiene información, comprende, pero no sabe cómo defenderse de ella. Sabandija ni siquiera ha querido ser blanco de las frustraciones de nadie, y ahora que lo es, no sabe qué hacer cada vez que se cruza con Espalda.

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