Seda

1.

AUNQUE su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había terminado por ganarse la vida con un oficio insólito, al cual no le era extraña, por singular ironía, una característica tan amable que traicionaba una vaga entonación femenina.

Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.

Corría el año de 1861. Flaubert estaba escribiendo Salambó, la iluminación eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del oceáno, estaba combatiendo en una guerra de la cual no vería el fin.

Hervé Joncour tenía 32 años.

Compraba y vendía.

Gusanos de seda.

3.

PARA EVITAR los daños de las epidemias que cada vez con mayor frecuencia afligían los cultivos europeos, Hervé Joncour llegaba incluso a cruzar el Mediterráneo para adquirir los huevos de gusano en Siria y Egipto. En eso consistía la característica más exquisitamente aventurera de su trabajo. Cada año, a principios de enero, partía. Atravesaba mil seiscientas millas de mar y ochocientos kilómetros de tierra. Escogía los huevos, discutía el precio, los compraba. Después se volvía, atravesaba ochocientos kilómetros de tierra y mil seiscientas millas de mar y entraba de nuevo en Lavilledieu, de ordinario el primer domingo de abril, de ordinario a tiempo para la Misa Mayor.

Trabajaba todavía dos semanas más para poner a punto los huevos y venderlos.

El resto del año, descansaba.

4.

-¿CÖMO ES África?- le preguntaban.

-Cansada.

Tenía una gran casa en las afueras del pueblo y un pequeño laboratorio en el centro, justo enfrente de la casa abandonada de Jean Berbeck.

Jean Berbeck había decidido un día que no hablaría nunca más. Mantuvo la promesa. La mlujer y las dos hijas lo abandonaron. Él murió. Nadie quiso su casa: así, ahora era una casa abandonada.

Comprando y vendiendo gusanos de seda, Hervé Joncour ganaba cada año una cifra suficiente para asegurarse a sí y a su mujer esas comodidades que en provincia tienden a considerarse  como un lujo. Gozaba con discreción de sus haberes y la perspectiva, verosímil, de llegar a ser realmente rico lo dejaba del todo indiferente. Era, por otra parte, uno de esos hombres a los que les gusta asistir a su propia vida, considerando impropia cualquier ambición de vivirla

Se habrá notado que ellos observan su propio destino del modo en que la mayoría suele observar un día de lluvia.

5.

SI SE LO HUBIERAN preguntado, Hervé Joncour habría respondido que su vida continuaría así para siempre. Al inicio de los años sesenta, sin embargo, la epidemia de pebrina que había destruido los huevos de los cultivos europeos se difundió al otro lado del mar, alcanzando África y, según algunos, incluso la India. Hervé Joncour volvió de su habitual viaje, en 1861, con una carga de huevos que se reveló, dos meses después, casi totalmente infectada. Para Lavilledieu, como para tantas otras ciudades que fundaban su riqueza en la producción de seda, aquel año pareció representar el comienzo del fin. La ciencia se mostraba incapaz de comprender las causas de las epidemias. Y todo el mundo, hasta en las regiones más lejanas, parecía prisionero del aquel sortilegio sin explicación.

Casi todo el mundo -dijo despacio Baldabiou-. Casi -agregando dos dedos de agua a su Pernod.

 

Baricco, Alessandro. Seda, Grupo Editorial Norma, pp. 7-12. (También está en Anagrama).

 

Este libro es La Belleza.

Para releerlo una y otra vez. En sus páginas, a pesar del uso de distintos tiempos verbales, no existe el tiempo. Baricco es de los mejores escritores contemporáneos. En este libro, su escritura fluye suavemente, frases cortas, simples, de una densa sencillez. Como una parábola, como una fábula.

 

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