Mis mugrosos compañeros de trabajo no conocen la ensalada. Hace rato fui inocentemente al “comedor” y había cuatro monitos (mala suerte, porque como ya los conozco, prefiero estar sola). Pensé pasar desapercibida, pero al entrar: “¡Órale, qué ricoooooo, una ensaladaaaa! (todos, como siempre, estaban tragando unas tortísimas) ¿De qué es? ¿De qué es? ¿Qué tiene, lechuga? ¿Qué más tiene? ¿De qué es? ¿De qué es? ¿De qué es? -juro que así repetían las preguntas como mantra- ¿Puro verde? ¿Y te llena? ¿Y está rica? A ver”, y una que se acerca y se asoma y repite las mismas preguntas una y otra vez encima de mi ensalada. Alcancé a taparla con la mano y el momento de sólo-me-pasa-a-mí no terminaba!
Como nada más atinaba a sonreír estúpida y condescendientemente, alguien me salvó: “bueno, pero ya déjenla comer”. Fiuuuu. ¿Por queeeeeé?
Tú sabes que también me encantan los tacos, tortas y demás, pero sólo porque tuve la mala suerte de ser la más delgada del trabajo (y no porque lo sea realmente, (en el mundo hay mujeres mucho más delgadas y yo sería feliz con cinco kilos menos) sino porque ellos son todos unos gordos lonjudos atascados) entonces ya me pusieron en el casillero de ella-sólo-come-lechuga-y-por-eso-es-delgada y me ven como si fuera atracción exótica de circo del siglo pasado.
Y si yo fuera vegetariana (dios me libre) no andaría por la vida burlándome de los carnívoros ni atosigándolos con mis impertinencias. Qué horror.

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