Becca, te cuento rápidamente que esta muerta de hambre de Camila, compañera de trabajo, como tú bien sabes, todo un caso que poco a poco irás escuchando-leyendo, no tiene límites ni dignidad ni nada parecido con tal de gorronear una pinchurrienta comida de $2o en una mugrosa fonda atestada de moscas. -“No pues aquí Arturo se va a discutir mañana con una comida, ¿verdad? Es lo mínimo que nos va a ofrecer, ¿verdad, Arturo?, sí, una comida, ¿verdad?” Y Arturo: -“mmmh, sí….jaja “(risa de retrasado mental de-verdad-no-miento)
Lo que me sulfura es que ese “nos” se refiere a mí. Qué le pasa, pinche muerta de hambre gorrona. Y todavía me susurra con una cara como anticipándose el premio mayor de la lotería: “ándale, vamos a comer, Arturo no va a negarse, y después lo despedimos y nos vamos a otro lado, ándale”. Y yo: “no, no me gusta la comida ni el retrasado mental ése, me da cosa”. Y ella, con sus pinches ojos como de perro de Pavlov: “Ándale, que él va a pagar, total”.
Por supuesto que mañana la voy a mandar al diablo, me largo a comer a otro lado a mi gusto y a mis anchas y que gorronee ella sola, que se atasque.
Qué horror con esta gente de quinta de pueblo de diez casas. Una experiencia de todos los días en mi trabajo.

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