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Color amarillo

Recuerdo los días de sol por la tarde entrando por las ventanas, la sensación asfixiante, el calor encerrado, aire comprimido.

Llegar a la casa, abrir las puertas y el calor encerrado golpeándote de frente.

Poner música a todo volumen, sorround invadiéndote, lágrimas dulces.

Imágenes sin palabras de compañía, sensaciones mudas, telarañas amurallando  la bala.

Ves Life goes on, ¿en qué te fijas? en la mamá que escucha, que consuela, que abraza. Ella le cuenta sus penas, sus miedos, sus problemas. Sabe que mamá estará allí para guiarla. Escena: la hija en su regazo, cabeza en el hombro, llorando porque el novio está muriendo de sida, la madre consolando en silencio, sufriendo con ella, sintiendo su dolor, ayudando a soportarlo.

¿Y tú no lo deseabas, no lo pedías a gritos, no llorabas, no reclamabas? No, sólo observaba y escuchaba. Lo deseaba, sí, lo deseaba. Y también no lo deseaba. Porque  sabía que allí no iba a encontrarlo, sabía que mis gritos no iban a ser oídos. Aprendes a darte cuenta de las cosas y a no malgastar esfuerzos. Imagínate el trauma de reclamar y no recibir nada.

No, fue mejor así, de veras. Claro que hay un precio a pagar, pero es menor, y preferible a lo otro.

Me gusta pensar en el futuro. Es inevitable que viva así, no vivo en el presente, ni modo. Me hace ilusión que todo va bien, como debe, con dolor, claro , pero así es la vida, ¿que no?

Y que quizá, continúe así. Y si no, espero tener la fortaleza suficiente para no derrumbarme, y tener Experiencia.

Recuerdos de la travesía

Pues continuando con temas nuevos, originales y nunca vistos en este blog: me enfermé ooootra vez. Aunque no de la gripa, sino de la barriga.

Pero comienzo desde el principio. Ayer recibí una petición en mi trabajo  a la cual no-pude-negarme (cómo me odio, ¿cuándo aprenderé a decir “no”?, pero es que casi nunca puedo!). Como tengo coche: “un favor, es que acá mi superior me dijo que si no podías ir mañana por tamales y atole ahí por tu casa. Podrías venir, regresar y traerlos; o yo mejor sugerí que los trajeras desde la mañana”. No pues me agarraron en curva, no supe decir que no (y chéquense las opciones: era opción uno fea y opción dos culera). A continuación: “ay, y otro favor, que si los puedes pagar tú porque no tenemos dinero ahora, y mañana te pagamos”. Aclaro que no es novedad su situación monetaria, y que ya me resigné a que “mañana” puede tener mil interpretaciones. “Ah, y otra cosa, tu cooperación es de tanto; Ah, y te convendría ir hor por el pan porque mañana temprano puede que no haya”. Yo: “pues también en la panadería de por mi casa, ¿no?”. Adivinen (y yo ya dirigiéndome a las multitudes, ¿no? como si de veras) su respuesta: “ay, no, mejor en Aurrerá PORQUE AHÍ CUESTAN A PESO”.

O sea nonononono, me cae que mejor me muero de la risa. Limosneros y con veinte mil garrotes. Todavía que iba a gastar tiempo, dinero, esfuerzo, gasolina, etc, en vez de que me eximan, no me salvo de la fabulosa cooperación para su reunión pinche. Lo único que pude alegar o más bien rogar encarecidamente es que de verdad me pagaran, (porque así he visto desaparecer mi dinero ya varias veces). “Sí, sí, si no, te pago yo”. Ok.

Les recuerdo que desde no-sé-cuándo está lloviendo sin parar, horrible, un frío de la fregada. Pues ahí me tienen anoche, con la pinche lluvia y el frío a más no poder, yendo en chinga a Aurrerá, que además odio odio odio odio esa maldita tienda porque aquí en el pueblo todomundo va allí, los pasillos llenos, el estacionamiento atascado, pagar boletito, colísimas en las cajas, en fin. “A ver si con esto aprendes de una puta vez, pero no. Ay bueno, cachetada de guante blanco, me voy ir al cielo, pobres, en fin, yo hablando con mi cerebro tipo Homero”.

Hoy en la mañana, levántate más temprano, la pobre Ratita yendo a buscar los tamales, que no se pusieron por la puta lluvia, pues entonces ahí va la pobre hasta quién sabe dónde a conseguirlos. Ah, y él fue a buscarlos porque yo me levanté ya sintiéndome terrible del estómago, cuerpo cortado; pero claro, me dije: no puedo faltar porque de mí depende la grandiosa fiesta, qué horror quedarles mal, nonono.

La lluvia a todo lo que daba, cuando llegué al trabajo, tres vueltas del coche al edificio para acarrear las cosas toda mojada. Y que entro y adivinen qué: “te anduvimos localizando ayer para avisarte que siempre no, se canceló”. No, no no no, quise morirme, así de por qué me pasa esto a mí, qué de plano soy una sabandija muy despreciable o qué pex.

Pues ya ni modo de regresarme a mi casita después de tanto viacrucis y encima de todo que me descontaran el día, me quedé estoicamente retorciéndome de dolor hasta la hora de salida, con la esperanza de llegar a mi casita y no salir de la cama. Pero antes, varios compañeritos que me dicen: “no, pues ve con fulanita (otra compañerita) que ella sabe sobar para curar el empacho (¿?), ayer sobó a la hija de x, que no se qué”. Pues ya en la desesperación y obnubilación totales, pues que voy y… ay no  pobre de mí: “nooo, yo no sé, además necesitaría una pomada especial porque así no te va a servir. Comprátela hoy y mañana o pasado te curo”. O sea aparte de todo, bateada, humillada, despreciada… y la lluvia y…

Y apenas voy por la mitad, porque regreso a mi casita y se me acaba el crédito del cel. Voy a comprar tarjeta y busco mis carteras y NADA! No mamen, me puse como loca porque siempre la cargo en la bolsa o en el coche. Volteé el coche de arriba a abajo y nada; revolví la casa entera y nada, mi bolsa vacía y yo no mames no mames no mames me las robaron en el trabajo porque dejé mi oficina sola con la bolsa ahí para irme a retorcer a otro lado y así ya les han robado a varios compañeritos. Horrible, duré más de dos horas buscando, sentía que me moría. No traía más de doscientos pesos, pero sí TODAS mis identificaciones, tarjetas, estados de cuenta, las dos carteras son de piel y de marca dos tres. Y yo moribunda y en la desesperación y tragedia, sin comer, cancelé las tarjetas.

De pronto una lucecita se medio ilumina en mi cerebrito ya con fiebre: ¿y si las dejé en la oficina? No podía esperar a mañana, así que voooooyyyy nuevamente al trabajo, el pueblo ya todo inundado, lluvia más fuerte, yo ya no daba una, “sólo falta que me accidente”. Pero pues con la certeza de que no iban a estar, ¿y qué hago, aviso a mis superiores, denuncio, o qué pex, y los pinches trámites para las identificaciones, nononon?. ¡Y que las encuentro escondidas!!!!!!!!!!!

Juro que no me acuerdo a qué horas las escondí, prueba de que sí estaba yo muy mal y febril, pero una de mis múltiples personalidades, antes de irme a retorcer a otro lado, decidió esconderlas (porque ahí es un robadero horrible).

Bueno, regreso al trabajo de Ratita para comunicarle que falsa alarma, “ay ya por fin me voy a mi camita”… Y NOOOOOOOO, la Ratita tiene mucho trabajo y tuve que quedarme a ayudarle!!!!!!!!!!!!!

Y pues rápidamente vine a desahogarme de mis desgracias.

Y ya me voy, a ver si ora sí puedo descansar y tirarme a la enfermedad con gusto.

Como ya vi El silencio de los inocentes un chorro de veces, ahora me dispongo a ver, cómo no, El silencio de lo indecentes, faltaba más.

Con el filo de la muerte, de Isuki Castelli.

Entre las estrellas, de Fabiola Ortiz

Lo que sí queda claro es que efectivamente tengo varias cabezas, así cómo voy a saber quién soy de una puta vez.

(A veces me pregunto, en el fondo y con miedo: ¿por qué les tengo tanto miedo, al grado que con sólo mirar a alguien durante un segundo puedo decir si es malo sin equivocarme casi?)

Todos podemos tener una parte perversa. Un perverso narcisista, por contra, sólo se construye a sí mismo al saciar sus pulsiones destructoras.

Alberto Eiguer: “Los individuos perversos narcisistas son aquellos que, bajo la influencia de su grandioso yo, intentan crear un vínculo con un segundo individuo, atacando muy especialmente su integridad narcisista con el fin de desarmarlo. Atacan asimismo al amor hacia sí mismo, a la confianza en sí mismo, a la autoestima y a la creencia en sí mismo del otro. Al mismo tiempo, intentan, de alguna manera, hacer creer que el vínculo de dependencia del otro en relación con ellos es irreemplazable y que es el otro quien lo solicita”.

Los perversos narcisistas son considerados como psicóticos sin síntomas, que encuentran su equilibrio al descargar sobre otro el dolor que no sienten y las contradicciones internas que se niegan a percibir. No hacen daño ex profeso; hacen daño porque no saben existir de otro modo.

Otto Kernberg: “Los rasgos sobresalientes de las personalidades narcisistas son la grandiosidad, la exagerada centralización en sí mismos y una notable falta de interés y empatía hacia los demás, no obstante la avidez con que buscan su tributo y aprobación. Sienten gran envidia hacia aquellos que poseen algo que ellos no tienen o que simplemente parecen disfrutar de sus vidas. No sólo les falta profundidad emocional y capacidad para comprender las complejas emociones de los demás, sino que además sus propios sentimientos carecen de diferenciación, encendiéndose en rápidos destellos para dispersarse inmediatamente…”

Su vida consiste en buscar su propio reflejo en la mirada de los demás. El otro no existe en tanto individuo, sino solamente como espejo. Un Narciso es una cáscara vacía que no tiene una existencia propia; es alguien falso que intenta crear una ilusión que enmascare su vaciedad. Su destino es un intento de evitar la muerte. Se trata de alguien a quien no se ha reconocido nunca como un ser humano y que se ha visto obligado a construirse un juego de espejos para tener la sensación de que existe. Como en el caso del caleidoscopio, por mucho que este juego de espejos se repita y se multiplique, el Narciso no deja de estar formado por el vacío.

El Narciso, al no disponer de sustancia, se “conectará” al otro y, como una sanguijuela, intentará sorber su vida. Al ser incapaz de establecer una relación verdadera, sólo puede crearla en un registro “perverso”, de malignidad destructora. Indiscutiblemente, los perversos sienten placer enorme y vital al ver sufrir y dudar a los demás, del mismo modo que gozan al someterlos y humillarlos.

Los perversos narcisistas son invadidos por “otro” y no pueden prescindir de él. Ese otro no es ni siquiera un doble, el cual tendría una existencia propia. Es simplemente un reflejo del mismo perverso. De ahí la sensación que tienen las víctimas de que se las niega en su individualidad. La víctima no es otro individuo, sino simplemente un reflejo. Cualquier situación que pueda poner en tela de juicio ese sistema de espejos que enmascara el vacío sólo puede implicar una reacción en cadena de furor destructivo.

Son insensibles. No tienen afectos. ¿Cómo podría ser sensible una máquina de reflejos? De este modo, no sufren. Sufrir supone una carne, una existencia. NO tienen historia porque están ausentes. Sólo los seres que están presentes en el mundo pueden tener una historia. Si los perversos narcisistas se dieran cuenta de su sufrimiento, algo nuevo empezaría para ellos.

Son individuos megalómanos que se colocan en una posición de patrón de referencia del bien y el mal y de la verdad.

Los perversos entran en relación con los demás para seducirlos. A menudo, se los describe como personas seductoras y brillantes. En la lógica perversa, no existe la noción del respeto al otro.

Cuando un perverso percibe una herida narcisista (una derrota o una repulsa), siente un deseo ilimitado de obtener una revancha. No se trata, como sería el caso en un individuo colérico, de una reacción pasajera y desordenada, sino de un rencor inflexible al que el perverso aplica todas sus capacidades de razonamiento.

Por razones que dependen de su historia en los primeros estadios de la vida, los perversos no han podido realizarse. Observan con envidia cómo otros individuos disponen de lo necesario para realizarse. Pero no se cuestionan, e intentan destruir la felicidad que pueda pasar cerca de ellos. Prisioneros de la rigidez de sus defensas, intentan destruir la libertad. Al no poder gozar plenamente de sus propios cuerpos, intentan impedir el goce del cuerpo de los demás, incluso el de sus propios hijos. Al ser incapaces de amar, procuran destruir con su cinismo la simplicidad de una relación natural.

La envidia es un sentimiento de codicia, de irritación rencorosa, que se desencadena a raíz de la visión de la felicidad y las ventajas del otro. La envidia comporta dos polos: por un lado, el egocentrismo y, por otro, la mala intención, que se basa en las ganas de perjudicar a la persona envidiada. El envidioso lamenta ver cómo el otro posee ciertos bienes materiales o morales, y desea destruirlos antes que adquirirlos. Si los adquiriera, no sabría qué hacer con ellos. No tiene los recursos necesarios para ello. Para vencer la distancia que lo separa del objeto codiciado, el envidioso se conforma con humillar al otro y envilecerlo. El otro adopta de este modo los rasgos de un demonio o de una bruja.

La apropiación es la continuación lógica de la envidia. Los perversos narcisistas se apropian de las pasiones del otro en la medida en que sienten pasión por ese otro o, más exactamente, se interesan por ese otro en la medida en que detenta algo que les podría apasionar. Así, podemos ver cómo muestran un gran corazón y, a continuación, unos desaires brutales e irremediables. Los perversos absorben la energía positiva de quienes los rodean, y se alimentan y se regeneran con ella. Y luego vuelcan sobre ellos toda su energía negativa.

Los perversos agreden al otro para salir de la condición de víctima que conocieron en su infancia. En las relaciones que establecen, esta actitud de víctima les sirve para seducir a aquellas personas que pretenden consolar o reparar, antes de arrinconarlas en una posición de culpabilidad. Cuando tienen que separarse, los perversos se presentan como víctimas que han sido abandonadas. Esto les asegura el mejor papel y les permite seducir a un nuevo compañero consolador.

Desafiar las leyes es lo propio del perverso. Su objetivo es confundir a su interlocutor mostrándole que su sistema de valores morales no funciona, para luego conducirlo hacia una ética perversa.

Durante su infancia, y a fin de protegerse, los perversos tuvieron que aprender a separar sus partes sanas de sus partes heridas. Por esta razón, siguen funcionando de una manera fragmentada. Su mundo se divide en lo bueno y lo malo. Proyectar todo lo que es malo sobre alguien les ayuda a sentirse mejor en sus propias vidas y les garantiza una cierta estabilidad. Los perversos temen la omnipotencia que imaginan en los demás porque se sienten impotentes. En un registro casi delirante, desconfían de los demás y les atribuyen una malevolencia que no es más que una proyección de su propia maldad.

Si esta mecanismo resulta eficaz, el odio que proyectan sobre un blanco al que convierten en presa es suficiente para aplacar sus tensiones interiores, lo que les permite mostrarse como una compañía agradable en otros lugares. Esto explica la sorpresa, o incluso la incredulidad, de las personas que se enteran de las acciones perversas de una persona cercana que hasta ese momento sólo había mostrado su lado positivo. Las pruebas que presentan las víctimas no parecen creíbles.

Marie-France Hirigoyen: El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana, Paidós, 1999.

Santo Domingo pero legal

Mi compañerita la intelectual, sobre la universidad del pueblo:

“noooo, ya no es por tesis. Ahora nos hacen un examen general, si lo pasas, te dan una cartita de honor, y si no lo pasas no importa, de todos modos me dan el tíulo porque ya cursé todos los créditos. Así que no te preocupes, fulanita ya lo hizo y es de opciones múltiples, está re fácil. Ni necesitas estudiar, porque de las mismas preguntas puedes sacar la respuesta, nada más redáctalo de forma ‘ai dos tres pa que no se vea tan obvio. Ah, y no te olvides de llevar tus recibos de pago, porque si no has pagado toooooodos los papeles, no tienes derecho a examen. Yo ya me endeudé porque me faltaban mil pesos (Sabandija-o sea pobre muerta de hambre, que no pierde oportunidad de presumir que ya se compró esto y aquello y lo de más alla (en sus fantasías solamente), pero no tiene mil-pesos, ella la pudiente) pero pus así ya me dan mi título.————Ah, ah, sí, no puedes hacer la maestría con un título así, pero ya investigué, y encontré por internet varias escuelas patito que te aceptan a la maestría, además en línea, sí, no te preocupes”.

Chale, ahora hasta maestría va a tener esta pendeja. Disparo en la cabeza. Bye.

Farol de la calle…

Bueno, tanto así que digas uy, cómo ayudo a la humanidad, pues no. Pero en lo que puedo sí me gusta ayudar a los demás, cuando lo piden por supuesto, y yo tenga algo que ofrecerles.

Y oscuridad de mi casa definitivamente sí soy y con creces, porque en vez de estar ahí de dispuestota y sí, cuando quieras, nada más dime, órale, va, te ayudo, y tengo esto y lo otro, y podrías hacerle así o asá, sí, hoy, sí, mañana, sí, cuando quieras…y tal parece que yo fuera la interesada en vez de ellos; debería terminar o empezar todos los pendientes que tengo.

Y casi en ninguna ocasión soy yo la que propone, porque a mí ni la plática inocente se me da, mucho menos iniciativas más sociables. Así esta vez, ella: “ay ¿y si lo hago a la par contigo? porque yo ya llevo muchos años y no lo hago, así nos ayudamos y apoyamos y nos presionamos mutuamente. Yo te explico lo mío y viceversa y sirve que aprendo de lo tuyo que me interesa mucho y y y y y…”. Y yo sí a todo, sí de corazón, ay qué padre voy a tener una amiguis en el mugroso proceso de cerrar el maldito círculo que no me deja avanzar en mi vida. Y luego luego “a ver, de qué se trata. Mmmmh, ah, sí, mira, léete esto y aquello y tienes que fundamentarlo así y así, y delimítalo” y la chingada y la manga del muerto.

Desde entonces debí mandarla a la… porque bien que me di cuenta de que no iba a funcionar: -ay, pero no quiero fundamentarlo tan así, porque no quisiera hacer algo muy (¡¿?) teórico; mejor quiero hacer algo práctico, que se aplique de inmediato a la realidad (más ¿?¿¡)-. Pero yo todavía de ándale pues: -Pues entonces haz tu proyecto así y así-. -No, si ya lo hice, pero me dicen que entonces debo aplicarlo directamente con dos grupos, uno piloto con mi método y otro con el tradicional, y anote los resultados. -Ah, pues entonces ya lo tienes. -Ahhsss, es que no quiero trabajar con grupo y debo trabajar todo el periodo escolar y yo ya lo quiero terminar y y y y y.

O sea, ¿no que querías hacerlo “práctico”? ¿si no lo has hecho en 13 años, y ahora te parece mucho un periodo escolar? ¿lo quieres hacer o no?

Siguió con su teatrito y yo sí cómo no. Hasta puso fecha de su primera entrega súper formal en calendario y toda la cosa y sí, para no atrasarme más. Un día antes de la fecha se hizo la occisa, pasaba y ni me pelaba como niña de primaria, ¿a ver si así se me olvidaba o qué pex? Total, no es mi problema. El dichoso día, seguía pasando sin saludarme, y cuando no pudo evitarme: “ay, te veo ahí en cualquier ratito, ¿no? o te lo doy en mi descanso de diez minutos”. ¿WTF? ¿Y a qué hora exactamente y en dónde? ¿Y en diez minutos me lo das, y lo leerás, y lo explicarás y toda la cosa? Obviamente nunca me dio ni madres, volvió a poner otra fecha que se cumple hoy, y lo mismo, se hace la occisa desde dos días antes, te veo mañana ¿a qué hora y en dónde?, quién sabe.

Cuándo voy a aprender que a veces tengo que dedicarme exclusivamente a lo mío en vez de endilgarme costales que no me pertenecen. Me gusta dar lo que pueda. No me duele ni me cuesta esfuerzo dar tiempo, espacio, disposición, ayuda; si está en mis manos, todo eso puedo dar de corazón.

Supongo que debo discernir que hay gente que no sabe ni recibir.

Pasando a cosas más serias, interesantes y relevantes para la humanidad, el otro día vimos Sherlock Holmes, la película. En el pueblo no había otra cosa qué ver, de las que hay me falta ver Avatar y ya llegó Amor sin escalas. Total que está buena-palomera, nada del otro mundo. Y eso que yo me leí todo Sherlock Holmes, y no quedé del todo decepcionada, para ser una película. Aunque yo prefería mil veces Agatha Christie, con sus métodos psicológicos en vez de arrastrarse por el suelo buscando huellas, Poirot todo lo descubría con la mente, qué emoción. “No hay crimen perfecto, siempre algo tiene que salir mal”. O “siempre hay UN testigo, SIEMPRE”. “Tienes que saber lo que no te dicen” Bueno, ahora que lo pienso aprendí horrores sobre la gente leyendo a Agatha Christie.

Bueno, pero ya me perdí. Lo que quiero decir en esta entrada es:

¡PERO QUÉ BUENÍSIMO Y GUAPÍSIMO QUE ESTÁ ROBERT DOWNEY JR., OMG!

Seguramente por eso ni me fijé en la película con mi acostumbrada manía criticona, ¡ah, y además estaba doblada la mugrosa película, porque en el pueblo así lo prefieren y ni nos fijamos antes que si lo hubiéramos sabido no entrábamos! Lo más naco, decadente y apestoso del mundo son las películas dobladas, no mamar. Bueno, pues ya ni me acordaba que la vi con doblaje, porque todo fue taco de ojo con mi novio Robert Downey. Ratita: “al menos visualmente está fregona: la recreación de las escenas, de la época, la fotografía, Londres de 1800…” Yo: “¿Londres, cuál Londres, cuáles paisajes?” jijijiji

No estaba así antes, ya lo había visto en una que otra peli y sí, qué bien actúa y otro pobre geniecillo atormentado por las drogas, pobre, otra vez anda hasta atrás; y párale de contar.

Peeeeeero qué bien se ha puesto, creo que a raíz de que la última rehabilitación ha sido exitosa, está bueneeeeeeeeeesimo, no me cansaré de decirlo. Y luego en su papel de la película, todo maloso, adicto, despoticón, fregón. Y la escena de la pelea, con el torso desnudo… nononoonononnoononono.

Que cuide ese cuerpecillo de los dioses que tiene, no vaya a terminar como mi otro novio Mickey Rourke, quien aun con su cuerpo y cara destrozados me gusta muchísimo porque ya está más vejete y más sabio (han de saber que los vejetes me atraen horrores, ay papá, ¿ya ves, pa’qué me tienes a los cincuenta años?).

En mi muy humilde y sabandijesca opinión, los únicos que tendrían “derecho” (órale con la sabandija nazi y dictatorial) a drogarse y sufrir horrores y lastimarse de tal modo, son los artistas de a devis, o geniecillos, los que de plano luchan contra algo más fuerte que ellos, sus demonios los atormentan y sufren mucho y no lo pueden evitar y todo eso es la base de su genio creador. Ejemplos facilones que todos conocemos: Amy Winehouse, Rourke, Robert Downey Jr., Pete Doherty. De’ai en fuera, no mamen, ya dejen de volverse adictos a lo pendejo (ustedes, mayores de 16 años que ya deben  tener consciencia  y criterio), con tanta pinche demanda vean a dónde nos han llevado con el pinche narco que ya gobierna al mundo y es la economía más fuerte y en dos semanas de empezado el año ya van decenas y decenas de muertos y ustedes hasta atrás y sus cuerpos destrozados y ya con dos neuronas y esos cabrones podridos en dinero y poder. A mí nunca me han tentado las drogas, pero si lo hicieran, nada más de pensar que voy a hacer más ricos a esos cabrones y los muertos y los torturados y los descabezados, ni madres. O sólo que yo tuviera mis matitas de mota y amapola en el jardín trasero.

No me rasgo las vestiduras ni nada. Me dirán: Y a ti qué te importa si el mundo se droga o no. Pues sí me importa porque a mí y a todos nos afecta, vean cómo están las cosas. Si fuera tan fácil como comprarlas  y consumirlas sin hacerle daño a nadie más, pero no, para que puedas meterte una dosis hubo varios muertos en el camino, pendejos, así somos los humanos de perversos. O sea, nunca van a legalizar las drogas, a nadie de esos cabrones le conviene.

Pero bueno, el mundo se va a acabar de todos modos y ya todos estamos en el mismo desmadre. No tienen que ser las drogas, está la piratería, o cualquier negocio puede ser lavado de dinero… ya nadie estamos libres de culpa.

Pero qué buenísimo está Robert Downey Jr. He dicho.

A raíz de la entradas anteriores, me puse a leer al respecto. Y es algo que todos deberíamos saber, por lo que dice Sweig en el título, porque todos podemos estar expuestos, porque el perverso puede ser el padre, la madre, el novio, el esposo, el jefe.

A continuación pongo enorme cita del libro que leí, por poco lo pongo todo pero es que no saben, deberían leerlo.

Para comprender un poco el mundo, el bien, el mal, en fin, lo humano.

Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes.

Pierre Desproges

En el ámbito empresarial, la violencia y el acoso nacen del encuentro entre al ansia de poder y la perversidad. Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo.

Aunque el acoso en el trabajo sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, hasta principios de la década de los noventa no se lo ha identificado como un fenómeno que no sólo destruye el ambiente de trabajo y disminuye la productividad, sino que también favorece el absentismo, ya que produce desgaste psicológico.

El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo período y con regularidad, la víctima es acorralada, se la coloca en una posición de inferioridad y se la somete a maniobras hostiles y degradantes.

Uno no se muere directamente de recibir todas esas agresiones, pero sí pierde una parte de sí mismo. Cada tarde, uno vuelve a casa desgastado, humillado y hundido. Resulta difícil recuperarse.

Cuando el acoso aparece, es como si arrancara una máquina que puede machacarlo todo. Se trata de un fenómeno terrorífico porque es inhumano. NO conoce los estados de ánimo ni la piedad. Los compañeros de trabajo, por bajeza, por egoísmo o por miedo, prefieren mantenerse al margen. Cuando una interacción asimétrica y destructiva de este tipo arranca entre dos personas, lo único que hace es amplificarse progresivamente, a menos que una persona exterior intervenga enérgicamente. Una situación de crisis puede sin duda estimular a un individuo y conducirlo a dar lo mejor de sí mismo para encontrar soluciones, pero una situación de violencia perversa tiende a anestesiar a la víctima, que, a partir de ese momento, sólo muestra lo peor de sí misma.

Se trata de un fenómeno circular. Una serie de comportamientos deliberados del agresor está destinada a desencadenar la ansiedad de la víctima, lo que provoca en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones. Tras un determinado tiempo de evolución del conflicto, se producen fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría del agresor; la visión del perseguidor desencadena el miedo de la víctima. Se trata de reflejos condicionados, uno agresivo y el otro defensivo. El miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente, algo que el agresor utilizará más adelante como una coartada para justificar retroactivamente su agresión.

Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y la gente olvida cómo era antes o cómo es en otro contexto. Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla. Una persona acosada no puede rendir al máximo de sus posibilidades.

Manibras perversas: rechazar la comunicación directa, descalificar, desacreditar, mentir, utilizar el sarcasmo, la burla, el desprecio, utilizar la paradoja, las novatadas, acoso sexual, inducir a error.

El objetivo de un individuo perverso es acceder al poder o mantenerse en él -para lo cual utiliza cualquier medio-, o bien ocultar su propia incompetencia. Para ello, necesita desembarazarse de todo aquel que pueda significar un obstáculo para su ascensión, y de todo aquel que pueda ver con demasiada lucidez sus modos de obrar. No se contenta con atacar a alguien frágil, como ocurre en el caso del abuso de poder, sino que crea la misma fragilidad a fin de impedir que el otro pueda defenderse.

El miedo genera conductas de obediencia, cuando no de sumisión, en la persona atacada, pero también en los compañeros que dejan hacer y que no quieren fijarse en lo que ocurre a su alrededor. Es el reino del individualismo y del “allá se las componga cada cual”. Los compañeros temen que, al mostrarse solidarios, se los estigmatice, y tienen miedo de que se los incluye en la próxima lista de despidos. En una empresa, no hay que producir oleaje. Hay que tener el espíritu de la casa y no mostrarse muy diferente.

Un perverso actúa con más facilidad en una empresa desorganizada, mal estructurada, o “deprimida”. Le basta con encontrar la brecha por la que penetrará para satisfacer su deseo de poder.

La técnica es siempre idéntica: se utiliza la debilidad del otro y se lo conduce a dudar de sí mismo con el fin de anular sus defensas. Mediante un proceso insidioso de descalificación, la víctima pierde progresivamente su confianza en sí misma y, a veces, está tan confundida que le puede dar la razón a su agresor: “¡Soy una nulidad, no llego, no estoy a la altura!”. Por lo tanto, la destrucción se lleva a cabo de un modo extremadamente sutil, hasta que la víctima comete errores ella sola.

Cuando la víctima reacciona e intenta rebelarse, la maldad latente cede su lugar a una hostilidad declarada. Se inicia entonces una fase de destrucción moral que se ha llegado a denominar psicoterror. A partir de ese momento, todos los medios son buenos para derribar a la persona en cuestión, inclusive la violencia física. Esto puede provocar una anulación psíquica de la víctima, o su suicidio.

DEFORMAR EL LENGUAJE

El mensaje de un perverso es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión. Luego, elude cualquier reproche diciendo simplemente: “Yo nunca he dicho esto”. Al utilizar alusiones, transmite mensajes sin comprometerse.

Como sus declaraciones no responden a una relación lógica, puede sostener a la vez varios discursos contradictorios.

También se abstiene de terminar sus frases. Los puntos suspensivos son una puerta abierta a todas las interpretaciones y a todo tipo de malentendidos. Envía asimismo mensajes oscuros que luego se niega a esclarecer.

La mentira del perverso responde simplemente a una necesidad de ignorar lo que va en contra de su interés narcisista. Ésta es la razón de que los perversos envuelven su historia con un gran halo de misterio; no hace falta que digan nada para producir una creencia en sus interlocutores: se trata de ocultar para mostrar sin decir.

Las víctima parecen ingenuas y crédulas. Como no se pueden imaginar que el otro es básicamente destructor, intentan encontrar explicaciones lógicas y procuran deshacer los entuertos. Al que no es perverso le resulta imposible imaginar de entrada tanta manipulación y tanta malevolencia.

Para desmarcarse de su agresor, las víctimas intentan ser transparentes y justificarse. Cuando una persona transparente se abre a alguien desconfiado, es probable que el desconfiado tome el poder. Todas las llaves que las víctimas ofrecen de este modo a sus agresores no hacen más que aumentar el desprecio de estos últimos. Están convencidas de que, mediante el diálogo, van a encontrar una solución, cuando esto es precisamente lo que le permite al perverso -que rechaza cualquier tipo de diálogo- hacerlas fracasar con total eficacia. Las víctimas alimentan la esperanza de que el otro cambiará, de que terminará por comprender que inflige un sufrimiento, y de que lo lamentará.

La manipulación funciona tanto mejor cuanto que el agresor es una persona que cuenta con la confianza de la víctima (se trata de su padre o de su madre, de su cónyuge, de su patrón, etc.)

Alice Miller ha desmostrado que una educación represiva -la que tiene el objetivo de “meter en cintura” a un niño “por su bien”- echa a perder su voluntad y lo obliga a reprimir sus sentimientos verdaderos, su creatividad, su sensibilidad y su capacidad de rebelarse. Según esta autora, este tipo de educación predispone a nuevas sumisiones, ya se trate de un sumisión a un individuo (perverso narcisista) o de una sumisión a un colectivo (secta o partido político totalitario).

Las víctimas comprenden, pero al mismo tiempo, “ven”. Poseen una gran lucidez que les permite nombrar la fragilidad y las debilidades de su agresor. Cuando las víctimas empiezan a nombrar lo que han comprendido, se vuelven peligrosas. Hay que usar el terror para hacerlas callar…

Marie-France Hirigoyen: El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana, Paidós, 1999.

Ambiente femenino

No sé si fue grave o no, pero lo cierto es que era una situación fea, estresante y negativa. ¿Lo poco que podría señalar? En las juntas con el jefe, éste sólo hacía contacto visual con ella, y nunca conmigo. De las dos, sólo a mí me cambiaban de área cuando alguien faltaba, supongo que para fastidiarme y para sabotear mi desempeño, pues ella sí podía dedicarse al área y yo no por estar cubriendo otras. Pequeños saboteos a mi trabajo, tenía que trabajar por las dos, sobre todo cuando se trataba de funciones especializadas en donde ella no daba ni una…

Una vez mi gurú labora, que conoce al jefe desde hace añísimos, confirmó que todo era cierto y no producto de mi imaginación: “él es así, y claro que te envidia por todo lo que eres y tienes. Claro que no le gusta que estés preparada y te guste trabajar, porque lo ve como amenaza. A ver, ¿cuándo empezó a fastidiarte más? Te apuesto a que fue después que te compraste tu coche. ¿Verdad que sí?” Sí, efectivamente, por esas fechas se puso peor.

Es increíble cómo te pasan cosas que a la distancia pudieras decir que son estupideces, y en realidad lo son de tan incomprensibles, pero que finalmente sí ayudan a crear un ambiente opresivo y dañino. Por ejemplo, estoy convencida que estas situaciones son peores cuando eres mujer que si eres hombre, empezando por el acoso sexual. Es un horror cómo se da todos los días y en todo tipo de trabajos, y se vive como si nada, cuando para empezar es un delito. Ya sea que la mujer acceda o no, de todos modos lo ven como un mal necesario, como si estuviera bien, qué desesperación. Teniendo esto en cuenta, será que mi jefe es marica o qué se yo porque la única ventaja entre tanta asquerosidad es que no había acoso sexual al menos de su parte, porque de los babosos de los compañeros… pero bueno, eran como más proposiciones e insinuaciones que podías ignorar.

Pero en cuanto a lo de ser mujer en el trabajo, no faltan las pendejadas provenientes, para variar, de las otras mujeres:

-que te barren con la vista, te critican hasta por cómo caminas.

-Si te vistes mal (según su gran criterio, claro), te acaban; si te vistes bien, peor, te envidian y odian.

-Si estás gorda, se burlan y critican; si estás flaca o más delgada, te odian.

-Si le gustas a los hombres o a un hombre, mal; los “machos alfa” me dan ternura frente a este tipo de mujeres.

-Que si estás casada, o soltera, o divorciada, o viuda, o dejada, si tu coche, si tu casa, bueno, no acabaría todo lo que son capaces de criticar las demás mujeres. Y si estás un poco mejor que ellas en todo eso, pues ya te fregaste, has pasado a ser su peor enemiga, se alegrarán infinitamente si algo malo te pasa.

¿Quién las educa así, por el amor de dios? Si te acuestas, ¡mal! pero qué delicia porque así podrán criticarte. Si no te acuestas te odian por no ser como ellas, ¿pues qué se cree?

-”Pues yo creo que fulanita es más bonita que tú”. No mamar, ¿a qué horas dijeron que esto era una competencia de belleza región 20, bola de pendejas, que yo ni me enteré? Si eso ni en mi primaria! Yo vistiéndome normalmente, y estas pendejas viendo “quién es la más bonita” NONONOOONO, de veras que no sé si reír o llorar al acordarme de eso. Pero ahí no terminó la cosa: “ya hice una encuesta con los hombres y me dijeron… No, tú no eres la más bonita”

¿Qué onda con las mujeres? Qué bueno que no tuve hermanas…

Ambiente tóxico, III

Otra cosa terrible es que nunca hubo enfrentamiento como tal. Pura mala vibra, conspiración a mis espaldas y complicidad del jefe. No sabía qué hacer. ¿Acaso reclamarle de frente? ¿Pero reclamarle qué exactamente? Confusión, estrés, impotencia. Lo único que pienso que más o menos me protegió fue que económicamente estoy mejor que todos ahí, incluso que el jefe. Además estaba delgada, mejor dicho, las demás están más gordas que yo, porque la verdad ni siquiera estoy flaca y así es fácil que la ropa se te vea mucho mejor (y estoy casada y tengo coche y me gusta arreglarme y sé lo que me queda y lo que no). Tenía un coche bonito (¡y nuevo! Lo cual es todo un acontecimiento, pues sus carcachas son de segunda o cuarta mano, si bien les va).

TODO ESTO DEBERÍA SER IRRELEVANTE, ESTÚPIDO, NO TENDRÍA POR QUÉ MENCIONARLO SIQUIERA.

Pero resulta que ahí están bien acomplejados por el dinero, y “parecer” es lo más importante. Como te ven te tratan. Y el parecer o “tener dinero” les provoca respeto. De esto también me di cuenta después, porque de entrada no me fijo en esas cosas y en una ciudad más grande eres incógnito total entre tantos millones. Pero ahora me doy cuenta de que eso debió protegerme de más ataques o humillaciones. A pesar de su odio y de su acoso, como que le medían por cómo yo luzco.

Así son de ignorantes. Se ensañan más con el que luce débil, o “pobrecito”. Es cierto que esos rasgos a su vez representan desventajas para mí, me hace blanco (ya me he informado sobre el mobbing, pero demasiado tarde) pues les despierta odios y resentimiento y envidias, pero repito, he visto cómo “el dinero” les impone respeto, entonces, se queda en la envidia y temen dar pasos más agresivos y directos. Sólo una vez tuvo el cinismo de ella reclamarme airadamente: ¡oye, el jefe ya se está dando cuenta de que no trabajas conmigo, así que más vale que cambies y hay cosas que no me dices acerca del trabajo y no hay comunicación!

O sea no podía creerlo. Me acusaba de lo que ella hacía desde el mero principio y me habló en un tonito que no mames. Y lo peor de todo es que no estaba del todo equivocada porque como ya dije, efectivamente yo hacía eso pero como respuesta a su misma actitud, a las pautas que ella misma marcó o que yo dejé que marcara. Sólo en esa ocasión medio discutimos porque yo le contesté en voz baja (estábamos en plena área con público por ahí) pero encabronadísima echando chispas por los ojos: pero si tú eres la que escondes todos los documentos, arriba dices una cosa y aquí haces otra.

Es lo único que recuerdo que dije, pero lo que sí es que tenía miedo, impotencia, no sabía claramente qué decirle porque me tomó totalmente por sorpresa. Lo bueno es que varias personas me han dicho que cuando me enojo doy mucho miedo y, además de encabronada, me veo en total control de la situación y entonces luzco como calculadora y serena y eso hace enojar todavía más a los demás. Espero que así haya sido en esa ocasión porque la realidad es que estaba muerta de miedo, impotencia, desconcierto y confusión. Esta persona es muy astuta y mala y tiene una gran seguridad para decir las cosas, es cínica y no duda en hacer lo que sea para obtener lo que quiere, siempre por las malas. Seguramente por eso es que le simpatiza al jefe, son iguales, vienen de la misma pinche selva.

De todo esto ya pasó tiempo, pero ahora que lo recuerdo me siento muy mal, impotente de nuevo, y ENOJADA CONMIGO MISMA PORQUE SIENTO QUE YO FUI LA CULPABLE, QUE YO PERMITÍ ESTA SITUACIÓN. NO QUISE DAR CRÉDITO Y NO QUISE ENFRENTARME COMO SI ESTUVIERA EN UNA VECINDAD.

Sin quererlo fui la víctima.

ESCRIBO ESTO Y ME DA CORAJE PORQUE ME VEO COMO UNA DÉBIL ESTÚPIDA INGENUA QUE NO SUPO QUÉ HACER PARA EVITAR ESTA SITUACIÓN.

Mi cerebro me dice que actué correctamente, dentro de lo que cabe, dentro del marco de mis valores y mi educación y en un mundo donde reina el sentido común. Pobre pendeja, aquí vine a confirmar que es el menos común de los sentidos. Quiero consolarme pensando: “no caí en su juego, no me rebajé a su nivel, no perdí la clase, no perdí la serenidad ni les demostré pérdida de control. A lo mejor piensan que soy una dejada pero no entienden más allá de su educación junglesca. No me hicieron perder mi centro y caer en su dinámica, yo seguí en mis nubes rositas producto de que crecí en otro mundo, mejor que el suyo”.

Pero eso no me hace sentir bien, no me consuela, no me reconforta.

Me siento mal.

Siento ganas de gritar, de llorar.

De regresar el tiempo y de actuar diferente. Protestar, protestar, gritar, acusar, caer en su terreno de batalla.

Pero es que no nada más era ella, sino también el jefe estaba detrás. Preferí confiar en su arbitrio, pero no resultó.

Pensé que el jefe tenía sentido común, sentido de lo correcto y que ahí reinaban las cualidades, el perfil y el desempeño laboral.

Pero no. Al jefe le gusta fomentar y escuchar chismes. Es obvio que no llegó ahí por su currículum, ya que ni siquiera logra articular frases coherentes en un tiempo decente, es una tortura escucharlo sin morirse de sueño a los diez minutos, cuando sólo ha logrado vomitar dos frases. Cuando salimos de su sala, nadie sabemos descifrar qué diablos quiso decirnos u ordenarnos o qué se yo. Para él hay consentidos y no consentidos. Los primeros son los que le dicen chismes y andan buscando qué inventar y envidian al prójimo; y le hacen la barba y le rinden pleitesía y le dicen “licenciado” y le demuestran miedo y fervor y les va de la chingada igual que a él, y su vida es un asco económica, corporal, laboral, parental y amorosamente. Los no consentidos son los que trabajan y se esfuerzan para ser buenas personas=NO HACERLE DAÑO A NADIE.

Ambiente tóxico, II

Cómo me gustaría regresar el tiempo y haber actuado de otra manera. Si hubiera sabido cómo eran y en qué ambiente tan espantoso me encontraba, tendría que haberme defendido como una vil naquita. Ahora sé que es de lo más normal que todos se peleen entre sí, se odien y se contenten, se griten y se digan groserías, inventen chismes, le griten a los jefes. Frases que oí en mi infancia, en el mercado, en niños de 10 años: “dímelo en mi cara, no te metas conmigo, deja de chingarme, qué tienes contra mí, cuando quieras nos vemos allá afuera, no te tengo miedo” son de lo más comunes y bien recibidas. Es más, si no dices nada así, quedas como una agachona. Pinches monos todos de qué jungla primitiva vienen, no mames.

Dada esa situación, luego luego debí haber subido y acusarla: x no quiere trabajar conmigo, no coopera, me habla mal, me dice que quiere mi horario, y no tiene actitud colaborativa. No quiere hacer el escrito conmigo.

Ni en la primaria hice algo así, lo juro.

De esa manera habría saboteado su malvado plan. Y si aun así hubiera inventado algo de mí al jefe y éste me hubiera llamado, ahí también habría tenido que defenderme como en una vecindad: no es cierto, ella empezó y me dijo esto y esto y esto y me miró así e hizo esto y aquello y usted no debe fomentar este tipo de enfrentamientos y chismes estúpidos. Y tráigala porque no tolero el me dijo que dijo que dijo. Tráigala para que enfrente de usted aclaremos la situación y yo le demuestre que fue ella quien empezó y usted está agravando la situación al hacer caso de las acusaciones en privado y hacerles eco. Incluso si fuera cierto lo mejor sería llamarme y decir: fíjate que me he percatado de que no están trabajando en equipo…, en vez de: vino x y me dijo que tú…. O sea si no estamos en una vecindad, y usted es el primero en fomentar esta situación en vez de poner un alto.

Confieso que no estoy totalmente convencida de haberme equivocado. O bueno, sí me equivoqué y no di crédito. ¿Pero debí cambiar mis valores para defenderme? ¿Habría ganado actuando como una chismosa, cayendo en el juego perverso del mobbing, de ese ambiente tan espantoso de dimes y diretes? Ahora me siento tonta e ingenua. Pero ¿cómo me sentiría de haberme portado como en una vecindad, defendiéndome con gritos, acusaciones y amenazas, respondiendo a la hostilidad con hostilidad? En realidad, ¿no habrían ganado ellos si yo hubiera actuado así? A corto plazo hubiera ganado, pero ¿y yo? ¿cómo me sentiría? ¿no será que les da más coraje que yo haya mantenido mi integridad, mi profesionalismo, demostrado mi buena cuna, la educación que sí mamé, mi preparación de primer nivel y no de pueblo bicicletero? No lo sé. A lo mejor hubiera empeorado las cosas.

X siguió peor, nunca cooperó conmigo, el área nunca funcionó. Tenía que esconder lo que hacía y lo que investigaba porque ella me lo robaba y el jefe nunca hizo nada para pararlo, al contrario, se complacía con la situación. Siempre ha estado de su lado. Alguna vez el jefe se vio obligado a regañarla según para hacerla trabajar en equipo y que no había trabajo individual y por separado. X prometió no hacerlo más. No cumplió. Lo que hacía no lo guardaba en la computadora común, sino que se lo llevaba en su usb. Nuestra área era de servicio al público. ¿En qué cabeza cabe llevarte la información a tu casa, cuando el público la requería? Lo hacía solamente para perjudicarme, pero más bien perjudicaba al área y al público, y al jefe nunca le importó. Ahora sé que incluso la instigaba más y yo quedaba como la mala del cuento o mínimo la cómplice porque nunca protesté ni acusé ni me defendí bélicamente.

Lo único que atinaba a hacer, dentro de mi estupidez en esas lides, fue actuar pasivamente. Yo también me llevaba la información y reportaba lo que YO hacía. ¿Es que cómo puedes obligar a alguien a cooperar, a cambiar de actitud, a dejar la mala fe; si además el jefe la apoya? Creo que en estos casos la parte negativa gana. ¿Y el otro qué hace? Me dije, faltaría que aparte de no caer en su belicosidad, aparte yo sí le diera todo mi trabajo y cooperación. Entonces lo que atiné a hacer fue a trabajar por mi parte también. Cuando estábamos juntas yo sentía una vibra bien fea, unos nervios, una presión.

Me sentía víctima de un plan perverso, como un ratón que no tiene escapatoria y que en su desesperación se hace más daño. Yo no sabía qué más hacer, más que “defenderme” pasivamente actuando con su misma falta de cooperación. Cuando subíamos a reunión, ella era la primera en decir con un cinismo y una vocecita de mosca muerta: yo pienso esto para mejorar, yo coopero, propongo esto, etc.

A mí me dijo, yo lo escuché con mis meritos oídos, que ella llegó ahí porque la corrieron de otra dependencia. Era aceptar el traslado o perder el trabajo. Pero no le gustaba, ella estudió para otra cosa y aceptó por cobrar las quincenas y punto. Iba a esperar a lograr que la regresaran, mientras, se iba a aguantar. Es un trabajo que para nada le gustaba ni le llamaba la atención, me dijo con una cara de asco y desdén. Recuerdo sus palabras finales exactas: “total, yo no voy a hacer nada, mejor voy a aprovechar la computadora y el área para terminar mi tesis y nada más”

Ahora pienso que tal vez debí subir corriendo a pasarle el chisme al jefe. Acusarla, ponerla en evidencia con sus propias palabras. Fíjese que me acaba de decir tal y tal. ¿Habrían cambiado entonces las cosas para mí? ¿O hubieran empeorado? No lo sé. Y es imposible saberlo o haber actuado diferente, porque eso fue en los primeros meses cuando todavía se me hacía inconcebible todo esto de los chismes y las malas ondas, y mucho menos con el jefe. Así exactamente actúa x, ahora lo sé. Hubiera sido darle una probada de su propio chocolate, pues no sólo es chismosa y maquiavélica, sino que además mentirosa. Pero ¿qué hubiera hecho el jefe? Quizá, a su vez, lo hubiera usado en mi contra y habría instigado más hostilidades entre nosotros, diciéndole a x que yo la acusé.

Pero el tiempo ya no regresa y el hubiera no existe.

Ambiente tóxico, I

He aquí un testimonio, en tres partes. No me atrevo a titularlo como Mobbing, pero podría llegar a serlo, por el estado emocional y los sentimientos de culpa y confusión que manifiesta. He leído al respecto: Iñaki Piñuel y otros dos autores que hay en la biblioteca, y descubro que el acoso laboral es una situación de auténtica anulación del Otro, con métodos de crueldad y perversión sin parangón. Apenas se está empezando a regular en Europa, donde los casos de suicidio por mobbing se han disparado. Pero si no llega a ser mobbing, sí es un caso de ambiente laboral tóxico, promovido por el jefe.

Todo empezó así. Desde que la vi me pareció antipática. Emana de ella una gran soberbia, camina con una prepotencia y se siente la octava maravilla y la más buena del mundo, pero está gorda, deforme. Pensé que tendría unos treinta, casada y con hijos. De todos los que entramos fue la única que me cayó mal de sólo verla. Y resulta que iba a ser mi compañera cercana.

Yo soy muy profesional. E ingenua, ahora lo sé. Por muy mal que me cayó no dudé un segundo en trabajar en buena lid con ella y tolerar su presencia. Y a lo mejor no es por mérito moral profundo, sino por obligación laboral, pero juro que nunca me pasó por la cabeza confundir lo mal que me cayó con nuestro trabajo. Además confié plenamente en la profesionalidad de nuestro jefe y que iba a reinar el buen juicio.

No fue así. Desde un principio me dijo: quiero tu horario porque no me gusta el mío. ¿WTF? En mi cabeza no cabía ninguna mala intención de su parte, qué estúpida fui. No me saludaba y me miraba de reojo, su caminar es insoportable, de verdad. En la primera reunión de trabajo se nos dijo que hiciéramos una presentación general de nuestra área. Cuando quise trabajar con ella, sólo movía la cabeza y no decía nada. Yo soy muy callada, pero su apatía fue tal que tuve que tomar la batuta y decir: bueno, vamos a escribir algo cada quien y mañana nos lo leemos y redactamos uno solo. AHORA SÉ QUE EN ESE MOMENTO DEBÍ HABER IDO DE VIL CHISMOSA A ACUSARLA DE SU MALA ACTITUD. PERO YO NO TENGO ESA EDUCACIÓN Y pensé que iba a mostrar inmadurez al andarme con esos chismes. Mantuve el profesionalismo y en eso me equivoqué porque no entré a un lugar maduro ni profesional ni positivo.

Al otro día, recuerdo que sentí como si estuviéramos en la primaria cuando no falta el compañerito estúpido que se acuesta sobre el pupitre haciendo casita con sus brazos para que no le copiemos. Dije: bueno, ¿qué tenemos? No decía nada. Yo le enseñé mi escrito y ella no me enseñó el suyo, y quedamos igual. Me pareció tan estúpido que no creí que estuviera pasando y no dije nada.

El jefe nos llamó y preguntó ¿qué hicieron? Ella, como en la primaria, inmediatamente se adelantó sobre mí, y le extendió un fólder cerrado diciendo: AQUÍ ESTÁ EL MÍO. ¿Qué la pasa? Eso es de niños de cinco años que esperan la estrellita en la frente, no mames. Me sorprendió tanto que no le di gran importancia.

PRIMER ERROR: No decir nada porque confié en que tuviera la madurez de cualquier adulto de más de 18 años. No dar crédito a la estupidez y mala leche de la que estaba siendo testigo y víctima directa.

SEGUNDO GRAN ERROR: Confiar en el buen juicio y buena dirección del jefe.

Me reí hacia adentro de esa actitud tan estúpida de “aquí está el mío”. Me dije: “bueno, el jefe está viendo con sus propios ojos quién no quiere trabajar en equipo y quién no obedeció la orden que nos dio”

El jefe, sin embargo, se mostró complacido y no dijo nada. Nos dejó una nueva tarea y entonces cada quien guardó su escrito. Y yo fui la estúpida por confiar, confiar, confiar. Dije: bueno, entonces cada quien va a trabajar sobre su escrito porque ella así marcó la pauta y no la puedo obligar a lo contrario y el jefe no dijo nada.

A los dos días me mandó llamar y me dice: vino x y me dijo que no quieres trabajar con ella y que te llevaste tu escrito y no se lo quieres enseñar. ¿???????????????????

Así empezó. Sin exagerar y sin dármelas de víctima, ahora sé que caí en la trampa de ambos. No puedo afirmar o demostrar que el jefe lo planeó, pero sí le echó leña al fuego y se congratuló con la actitud de x hacia mí. En vez de poner un alto y ordenar una buena colaboración entre nosotras aunque nos cayéramos mal, como todo buen jefe debe hacer, en pos de un servicio y desempeño laboral óptimo, fomentó la mala leche.

Cristalazo y sordidez

En la esquina de mi casa, a unos metros de mi zaguán, le dieron cristalazo a mi coche. Fue horrible. Lo que nunca me pasó en el df, me pasa en el pueblo de diez casas, afuerita de mi hogar, qué horror. Y fue en un lapso de diez o quince minutos.

De por sí la única razón de peso por la que emigré de mi amado defe fue la inseguridad. En un periodo muy corto de tiempo me robaron un coche “pacíficamente”, simplemente desapareció del estacionamiento de la facultad; intentaron robarme otro muchos monitos a punta de pistola en plena avenida del taller, a las ocho de la noche, rodeada de automovilistas que, claro, no hicieron nada (yo tampoco hubiera). Huí de la delincuencia, que ciertamente es de niveles alarmantes en la gran urbe, pero estos dos últimos años, con la estúpida “guerra contra el narco”, la violencia ya se extendió por todo el país hasta en pueblos como el mío. Y ahora que estoy plenamente integrada a la sociedá pueblerina a través de mi gran trabajo institucional me voy enterando de que el pueblo es guarida y centro de operaciones de los zetas. Escucho historias de terror de primera mano que nunca salen en el periódico.

Precisamente en la colonia donde está mi trabajo hay muchos hongos establecidos, y hemos sido testigos de operativos con soldados y helicópteros para entrar a casas de seguridad y liberar secuestrados. Es común ver por toda la “ciudad” monitos de la afi con pasamontañas y todo el arsenal dando rondines en motos de esas con llantas enormes. Las camionetas que también hacen rondines todo el tiempo están equipadas con un tripié y metralletas. Eso no me infunde seguridad ni mucho menos, no sé a quién temerle más, la diferencia –y eso a veces- es el mugroso uniforme.

Con todo y eso gozaba de un sentimiento de confianza que nunca puedes tener en el defe, cuando ya es estado natural salir (o incluso en tu propia casa, a piedra y lodo, claro) con todos los sentidos alerta, sobre todo si eres mujer. Aquí creía que las posibilidades de peligro eran infinitamente menores, las medidas eran más de previsión que de real amenaza, muchos vecinos dejan coches últimos modelos en la calle durante toda la noche, nosotros como buenos paranoicos citadinos nunca lo hicimos. Ya me estaba acostumbrando a relajar mis sentidos, andar despreocupadamente por la calle, cuidándome sólo de los acosos masculinos que sobrepasan a los capitalinos, la hora no era impedimento para salir, llegué a olvidar cerrar el coche cuando iba a la tienda por cinco minutos; o depositaba las bolsas de la basura en la esquina sin cerrar la puerta de la casa.

Ya no más, que ahora dicho sentimiento ha desaparecido. Gracias por robarme mi tranquilidad, maldito muerto de hambre ojalá te pudras retorciéndote entre los más atroces sufrimientos.

Total, rompieron un cristal trasero y se llevaron mi bolsa preciosa bordada que había escondido debajo del asiento. No llevaba dinero ni identificaciones, sólo fue el celular, mi usb y cosméticos. En cambio, adelante estaban escondidas muchas cosas valiosas: mi cartera con identificaciones y tarjetas, un tenatito con varios aretes de oro, papeles valiosos para mí, dinero en la cajita del coche, mis lentes careeeeeeesimos –los de sol y los de leer-etc. Mi coche es un soberano muladar por dentro, cargo madre y media que ni yo misma sé y que aviento debajo de los asientos (papeles, dinero tirado, cosas del trabajo, zapatos, accesorios, libros, topers, bolsas, chamarras y un largo etcétera) al grado de que cuando lo llevo a lavar pido que sea solamente por fuera, porque si me robaran algo ni cuenta me daría. Hasta suerte tuve porque el idiota no le atinó. Fue más engorroso encontrar dónde le repusieran el cristal y tramitar lo del seguro y blablabla.

Pero eso no fue lo peor. Como buena ciudadana acudí con mi esposo a presentar la denuncia. Bueno, no sé qué tiene que ver con ser buena ciudadana, pero en los medios siempre sueltan el discurso de “denuncia, acude al mp por mucho que sea pérdida de tiempo, es tu responsabilidad cívica, luego por eso cuando los atrapan no pueden hacerles nada, blablabla”.

El caso es que ahí voy y en la puerta un montón de monitos armados hasta los dientes no nos dejan pasar que porque están atendiendo un caso muy feo, espinoso y peligroso (¿no te digo? Hace tres años podías pasar como si nada…), que si queremos regresemos en tres horas. A las once de la noche regresamos y ya que entramos (retenes de por medio y dejar identificaciones) el idiota me dice “uy no, ¿para qué quieres denunciar? Eso pasa todo el tiempo y no te sirve de nada…” Contra su voluntad levantó la denuncia, con cara de hastío infinito y nos mandó a otra sede lejísimos a que hicieran el informe pericial. Para entonces ya era como a la una de la mañana y allá fuimos a unas instalaciones rarísimas, en medio de una lluvia pertinaz.

Entramos, subimos escaleras y caminamos por pasillos laberínticos hasta una amplia ventanilla. Había tiradas bolsas de plástico transparente con ropa ensangrentada y objetos varios y qué miedo ya me arrepentí se siente una vibra bien fea qué necesidad de estar en estos rollos. Tocamos varias veces y nadie acudía y… no mames, Becca, que advertimos unos ruidos de que adentro estaban tirando… no mames no mames no mames, de eso ya tiene más de un mes y aun se me enchina la piel al recordarlo. Es lo más sórdido que he escuchado en mi vida. Lo que más se oía eran los gemidos de la monita, no mames no mames no mames qué asco. El pinche escenario, la hora, el ambiente… Nos vimos con cara de wtf y ¿estamos oyendo bien? ¿No será la tele? No, la tele sí está prendida como que en un noticiario pero por encima se oyen los malditos gemidos no mames no mames. Seguimos tocando y de otro lado sale otro monito todo dormido, nos pregunta y atrás los gemidos. Dice: “sí, dejen voy por la cámara”. Entra por unos minutos a otro cuartito. Mientras, los gemidos cesan y surgen varias voces de hombres “qué onda güey” y güey por acá, güey por allá, y jajaja, groserías y pásame el refresco y no mames.

Era un solo cuarto con luz prendida y mi mentecita dice no mames qué onda así o más sórdido el asunto. ¿No estaban tirando a solas? ¿Todos se la estaban tirando al mismo tiempo? (porque se escuchaba una sola monita). O peor aun, eran uno y uno y los demás estaban muy a gusto viendo la televisión, o miraban el espectáculo, o ya ni les llamaba la atención, o miraban y se masturbaban, o lo hicieron por turnos, o…? Y luego no era una puta, porque total, ellas acuden a donde las soliciten y pus es su chamba y no, no era una profesional, al menos. Era una monita de ahí mismo, porque terminó y empezó a decir “estos papeles qué onda y el trabajo y blablabla”.

Es un lugar público, los monitos en servicio, el escenario espantoso, lucían como los clásicos empleados muertos de hambre patibularios. Fue sórdido y perverso, no mames, fue algo espantoso de presenciar, sólo sé que el sexo, con amor o sin él, en sus infinitas prácticas y variedades, algo tiene que ver con la dignidad, y que se vayan a un pinche motel.

p.d. 1 La monita también estaba espantosa, no mames.

p.d. 2 Nos enteramos de que nuestra colonia está entre las top 3 en robos de coche y cristalazos, por estar plagada de oficinas y negocios. Que ahora la moda no es romper el cristal, sino abrir la puerta entera doblándola con una ganzúa, echándola a perder por completo.

Al profe con todo mi amor

“Te quiero te extraño te amo mi cuerpo se estremece nomás de verte. No duermo, te imagino, te sueño, te añoro. Sé que está mal, que lo nuestro es imposible, que no puede ser, pero no puedo evitarlo. Y ni siquiera sabes de mi existencia y no sé qué hacer, y sólo vivo para verte. Mi cuerpo se consume…” y no sé cuántas sandeces más. Bueno, sí:

“Tu cuerpo tu sabiduría tu aura eres místico profundo, en el aire las compones, la persona más culta que he conocido, tus ojos, tu físico adorable tu voz tu andar tu respirar. Te vi y te saludé, cómo disfruto esos momentos en que estoy cerca de ti, lo son todo en mi vida…”

Páginas y páginas llenas con semejante discurso. Sí, la autora es una adolescente (o ni tanto: diecinueve años, pero como tal se expresa). El sentimiento es tal que le ha inspirado poemas, canciones, cartitas, arranques místicos.  Va a decidir su vida académica siguiendo el ejemplo del objeto de su amor. Aunque digamos que su inocencia y sinceridad la salva. Hasta cae bien, inspira ternura tanta pasión.

¿Y la causa de tanto revuelo? Claro, su maestro de filosofía. Apuesto a que el monito está disfrutando como nunca de esta etapa docente. ¿¡”Tu cuerpo tu físico…” ?! El monito en cuestión mide como 1.50 a lo mucho (y luego el complejo de Napoléon que tienen los chaparros), ha de pesar 30 kilos, su cara es… digamos, peculiar. Vuelvo a apostar a que nunca en la vida había despertado semejantes pasiones en igualdad de condiciones hasta que la suerte lo colocó en situación de generar transferencias dignas de un culebrón televiso.

Puede que escriba yo desde la ardidez de haber dejado hace muuuuucho esos tiempos en que una de chiquilla suspira por el profe; pero no, o sí, pero esa es otra historia. En primer lugar, efectivamente era yo un renacuajo, no una grandulona de 19 comportándome como mocosa. Es básico, cuando eres niñ@, soñar con el profe guapo de la escuela y risitas y cuchicheos y sonrojos.

Y en segundo lugar, pus sí eran guapos y no remedos de quién sabe qué. El profe de taller de electricidad en la secu, jojoojjo, lo recuerdo y sí estaba bien guapo, y bien instaladote en su papel: en el recreo se quedaba en medio del patio así nomás cual monumento, posando descaradamente, !con la camisa desabotonada de arriba! y sus lentes oscuros y pasándose los dedos por su sedoso cabello al tiempo que movía la cabeza como si estuviera en un comercial de shampoo, disfrutando de las miradas de las niñitas.

Qué envidia no ser hombre para tener esa oportunidad. No importa cuán feo seas, estúpido, maloliente, arrogante, ignorante, viejo, flaco, gordo. Tienes a una bola de pubertas y jóvenes, de carnes firmes y apetitosas, inexpertas y/o vírgenes, que piensan que eres la octava maravilla.

Pero a los diecinueve como que ya es otra etapa, digo yo. Más que suspiritos candinescos debería tener sueños mojados, de menos. En mi pueblo las de esa edad ya no se quedaban con las ganas, excepto yo (más ardidez, gulp).

Como para darle un par de cachetadones: ¿estás ciega o qué? ¿ya lo viste de verdad o tenemos un caso de extrema miopía?

Pero veámoslo del lado positivo y romántico: las letras siguen teniendo el poder mágico de la seducción.

Apenas esta semana escribí sobre la biblioteca del pueblo y lo bien que se lee ahí.

Que tal parece que la hicieron contra-peatones, privilegiando el acceso a los que tienen coche. Pues ya ni eso, así es como está el piso alrededor.

O sea, para que de plano nadie vaya. La gente no va a leer, pero los malditos rateros van a cualquier lado.

El puto desfile de reyes

Apenas alcancé a llegar, cinco minutos antes de que empezaran a cerrar la avenida y se armara el desmadre. Apenas si pude meter el coche. Dos horas preparando el cierre, y como cuatro horas que duró el puto desfile…¿Qué pinche chiste le ven a estar parados horas para ver un pinchurriento desfile de pueblo? ¿Quién inventó esas mamadas? Como si los niños fueran unos pendejos. Por cierto, estuvo cagado que un mono disfrazado, con cabezota incluida (no sé quién se supone que era, cómo se ve que no tuve infancia) que se quita durante unos segundos la cabeza-disfraz porque como que algo le molestó, y en seguida toda la gente exclamó “ahhhhhhhh” con gran desilusión, y luego en coro: “¡fuera, fuera, fuera, fuera! O sea cómo, ¿ha sido el responsable de miles de niños traumados para toda la vida por romperles la ilusión, al grado que desató la furia de las masas?

Sí, soy una amargueta, pero no alcanzo a comprender qué tiene que ver la infancia y la ilusión de la llegada de los reyes y la chingada, con atropellar los derechos de los ciudadanos que tenemos la desgracia de vivir sobre la avenida nominada para semejante mamada, y los de todo el pueblo porque su mugroso cirquito desquicia el tránsito, la circulación (ah, porque el desfile casi atraviesa todo el pueblo, o sea, en grande), cierran calles y avenidas y todo lleno de gente y coches porque tal parece que es el acontecimiento del año y todo el pueblo se traslada en manada para contemplar el pinche desfile.

¿Cuántos de esos niños son realmente felices? ¿Cuántos de esos niños disfrutan del desfile al igual que disfrutan de su vida, de su familia, de una comida decente?

Cualquier estadística nos dice que lamentablemente la mayoría no. La inmensa mayoría. Hace unos pocos meses, con motivo de la desgracia de la guardería ABC, Lammoglia invitó a unos especialistas en derechos de la infancia. Fue un programa aterrador. Cifras espeluznantes, que escribo según mis recuerdos: diariamente mueren niños a manos de sus propios familiares, torturados, golpeados, vejados. Y los que no mueren, pues así viven, en familias violentas, en un entorno de alcoholismo, golpes, violaciones. O de vil descuido: desnutridos, con la tele de niñera, con miedo, bajo rendimiento escolar, sin comunicación, sin cariño, sin salud básica. Y contra lo que podría esperarse, los especialistas mencionaron que dichas cifras han aumentado con los años, lejos de disminuir. Como la violencia en la pareja, que ha “evolucionado” y ya no espera para desatarse en el matrimonio, sino que empieza desde el noviazgo, sin  discriminar estratos sociales ni académicos. De hecho, es impresionante cuántas jóvenes universitarias toleran violencia de sus parejas.

Es en lo que pienso, sí, soy amargueta. Sé que cualquiera lo hubiera vivido diametralmente diferente: ¡qué felicidad que el desfile pase enfrente de mi casa, lo puedo ver desde la comodidad de mi ventana, sin mezclarme con la gente, sin empujones, sin el frío culero!

Pues yo no. Yo me amargo y me encabrono porque cierran la pinche calle durante horas y horas, ¿dónde está mi derecho al libre tránsito? Y el pinche ruido de las bocinotas que, claro, pusieron cada cinco metros, otro atropello al prójimo. Y veo el desfile y las multitudes desde mi ventana, y pienso en esos pobres niños. Desgraciadamente serán sus pocas y únicas horas de felicidad en todo el año.  Y me encabrona, y me emputa y me deprime.

La infancia está de la chingada en nuestro país. Y en el pueblo peor, porque tiene unos de los más altos niveles de pobreza y marginación. Y de los primeros lugares en alcoholismo. Todavía hay un chingo de cantinas cada dos por tres. Y es de todos los días ver a niñitos echados como perros afuera de ellas, en la banqueta, esperando que su papá salga después de horas de emborracharse. Y ver niños trabajando. Y con sus caritas manchadas por la desnutrición. Sin necesidad de irte a una colonia marginada o al cerro o a las comunidades alejadas.

Para no ir más lejos, NINGUNO DE MIS COMPAÑERITOS planeó a sus hijos (lógico, no han planeado nada de su vida). Ninguna cuidó su embarazo, ni su parto, ni nada más. Paren como animales. No conocen la nutrición, ni el ácido fólico, ni la búsqueda de nuestro interior, ni la grandeza y divinidad de dar a luz una vida humana. –No –me dicen cada cinco minutos- si tener un hijo es lo más bonito del mundo, ya anímate-. “¿Ah, sí?” Pienso yo. Lo dicen como si hablaran de perritos. No, si los perritos son bien bonitos, dan una ternura, y unas ganas de acariciarlos y abrazarlos y llevártelos a tu casa… Pero los bebés no son perritos, pendejos. A ver si entienden de una puta vez, y a ver si  se enteran que existen métodos para decidir tus embarazos y tu sexualidad, a ver si se enteran que hay un mundo más allá de nacer, crecer, reproducirse y morir.

Y tener un hijo es algo sagrado y hay que esforzarse con toda el alma por estar a la altura de las circunstancias.

Cómo me gustaría gritarles: “¡¿sí, pendejos? ¿y si es tan bonito cómo es que ni siquiera lo planeaste? ¿cómo es que ya no metiste a tu hijo a la secundaria? ¿cómo es que el otro día me confesaste que te madreas a tus hijos, que te desquitas con ellos? ¿cómo es que no sabes de quén es tu último bebé? ¿cómo es que lo único que comiste durante tus tres embarazos fueron puras mugrosas enchiladas de fonda, y eso cuando te acordabas de comer? ¿y además te enfermaste bien culero y no te cuidaste en lo más mínimo ni respetaste tus incapacidades médicas? ¿y ni siquiera te enteraste que estabas embarazada sino hasta el tercer mes, y antes de eso te medicaron bien cabrón y luego lo quisiste abortar y por eso el pobre angelito nació medio muerto y sobrevivió después de un mes en el hospital?¿y nada más nacen, y directo a la guardería, con el pinche frío que hace aquí todas las mañanas, o con la abuelita o con quien se deje? ¿por eso se te enferman a cada rato, por estar en la guardería en el contagiadero y en el descuido? ¿y por eso tus hijos han trabajado desde los quince años, cuando para empezar es ilegal? ¿por eso los tienes muertos de hambre y tienen que trabajar? ¿por eso les das el ejemplo que les das? ¿por eso se pelean con sus parejas delante de sus hijos? ¿por eso nunca les han leído un puto libro (ay, ya hasta los libros salieron puteados)? ¿por eso tuviste un hijo cuando apenas si puedes vivir al día; entonces qué vas a hacer si se enferma de algo grave?, o bueno, ni hablar de que puedas meterlo a estudiar música, o idiomas, o qué tal que necesita una escuela activa? ¿y por eso se casaron porque se embarazaron; producto de una urgencia y compromiso social y no de un deseo común; en ese hogar va a nacer tu hijo? ¿por eso tu hijita de 16 años ya te hizo abuela?

Sí, culeros, viéndolos a ustedes me doy cuenta de que tener hijos es bien bonito…

Viéndolos a ustedes me convenzo más de lo que quiero: decidir mi vida. Disfrutar mi relación y fortalecerla, para que, como dice Françoise Dolto, el bebé que llegue sea un regalo en una pareja ya de por sí feliz por sí sola. O si quieres ser madre soltera, pues lo mismo, procurar estar bien contigo misma para poder dar a alguien más. Un bebé no debe ser la unión forzosa de nada. Y ácido fólico desde años antes, pendejos. Y análisis médicos años antes también, pendejos, para ver que todo ande bien. Y el papanicolau, y la colposcopía. Y alimentación. Y ejercicio. Y diván. Y yoga y meditación.

¿Se imaginan, después de todo eso, qué chingón hacer el amor buscando el milagro? No, pendejos, ustedes han decidido no imaginar ni madres. Y un embarazo gozoso. Y luego recibirlo al mundo con su nombre completo, con veneración, con dicha.

MIRARLO(A) A LOS OJOS: “TE RECIBO, -NOMBRE Y DOS APELLIDOS-, COMO DIGNO REPRESENTANTE DE MIS ANTEPASADOS” (se me salen las lágrimas nada más de imaginarlo). Y amarlo, respetarlo y procurar su desarrollo integral. Procurar que sea una personita autónoma. Que sea un niño feliz, cuya única preocupación sea jugar y jugar, imaginar.

Sí, ser padres no significa que su única diversión sea ver el puto desfile de reyes, para que después los pobres regresen a su desdicha habitual.

Y sin embargo…

“Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo…”

Ernst Jünger

Lastre

Me gusta tirar la basura. En la colonia donde vivo, el camión pasa tres días a la semana; donde vivía antes, pasaba dos veces; en el defe, hasta dos veces al día. Me pregunto si habrá gente que mida sus actividades de la agenda con el referente de cuáles son los días de sacar sus bultos de basura a la esquina.

Porque ahora son bultos, bolsísimas, costales. En el pueblo hasta pueden dejar sus botes enormes afuera, el camión lo vacía y lo deja en la banqueta hasta que su dueño lo meta a la casa horas después. Las primeras veces que los vi buscaba con la mirada la cadena, la alarma, el lacito aunque fuera, o la mirada vigilante tras las cortinas pendientes de su bote; pero no, efectivamente permanecen solos en la calle. Pero volviendo a los bultos de ahora, eso me recuerda que cuando era niña, mi abue tenía un bote de lámina de 20 litros para la basura, viejo, oxidado; y nunca lo llenaba. A veces me mandaba a tirarla: unos tres puñaditos de polvo y párale de contar. Y eso que se dedicaba todo el día a limpiar, cocinar, lavar. ¿Por qué nos estamos ahogando en la basura? Generamos toneladas y toneladas a diario, qué horror.

Pero confieso que cada vez que tiro la basura, me viene una sensación de satisfacción. Desde que la meto en las bolsas, las cierro, las alisto para sacarlas de la casa. A veces incluso me entra un afán, tomo una bolsa vacía y recorro la casa en busca de basura de último momento, basura fugitiva, con la que llenarla, como si la vida me fuera en ello. Siento que me quito un peso desagradable de encima, lo que me sobra, lo que me pesa, miedos, obstáculos… Sólo falta organizar lo que queda, pero al menos lo malo lo inservible ya no está. Como si sacándola de la casa desapareciera como por arte de magia…

Es como quedar libre momentánea y aparentemente.

Seguramente tiene que ver que en la casa paterna los objetos se acumulaban  en todos lados, sin peligro de ser exiliados. Mis padres acumulaban todo:  cajas, papeles, periódicos, juguetes, botes, utensilios, madera, en fin, no podría enlistar todo por interminable. No sé qué complejo de acumulación tendrían, no tiraban casi nada, los desechos orgánicos los reciclaban en composta y lo inorgánico se quedaba en su mayoría. Bandejas hechas de envases de plástico y vidrio, trapos para limpiar de ropa vieja, y lo que no tenía otro uso pues simplemente ocupaba la mayoría de espacio.

Cómo me hubiera gustado poder tirar todo. El camión pasaba dos veces al día, avisando con su campanita, y yo sin poder tirar nada, porque ahí los objetos gobernaban y no era mi lugar, mío de mi propiedad.

Qué alivio -no excento de dolor, sin embargo- poder construirte, construir tu lugar, disponer, comprar, usar, tirar, desechar lo que tú quieras y puedas. Tener tu espacio, decidir qué conservas y de qué te deshaces o simplemente apartas.

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